Del cuerdo al loco va muy poco

 

O… estás más loco que una cabra.

Me disculpo de antemano. Hoy he tenido clase de psicología y he de entregar el proyecto a efectos inmediatos así que sed comprensibles y entended que me encuentre un poco obsesionada y rallando yo también la locura.

Salud mental.

 

Bien, la clase de psicología hoy también fue sorprendente. De poco os serviría ya que os dijese “la profesora no vino a clase a dar una charla como estamos acostumbrados en las universidades de…”, porque ya no sería una novedad. Pero es que hoy ha venido la profesora, con un café enorme y un abrigo con volantes, acompañada de otra señora. Esta otra señora fue la anfitriona -y no se parecía a la Isabel Preysler. Era la directora de un documental sobre el trastorno bipolar. No sólo nos puso un documental muy interesante sobre el trastorno bipolar y la depresión sino que después intervino, y, sobretodo, nos respondió a preguntas y dialogó con nosotros. Sobre todo le interesaba saber nuestra opinión, lo cual nos hizo sentir bastante halagados. Una cosa que aquí refuerzan mucho es que tu opinión ya no es la de un ser sub-educado, sino que vale tanto como la de tu superior. Que aquí, no es ningún superior.

Supongo que es natural que con esta clase haya tenido bastante tiempo para reflexionar sobre la salud -y la enfermedad- mental.

Dejadme que os presente algunas ideas que me han rondado. La película de hoy trataba sobre un muchacho que tenía trastorno bipolar y depresión. Sin embargo se licencia en la Universidad de Chicago -no sin dificultades-. Es una persona con educación, y parte del documental explicaba cómo había afectado su familia a su enfermedad y cómo su enfermedad había afectado sus relaciones familiares. A pesar de contar con apoyo social y comprensión de su familia, su vida estaba bastante lejos de ser normal. Para empezar, no tenía trabajo. Y constantemente hacía alusión al “stigma” de la enfermedad mental.

He de decir que me sorprendió un poco. Estamos acostumbrados a ver películas donde los protagonistas acuden a terapia sin demasiada contemplación, como si fuera lo más normal del mundo. De hecho, yo creía que aquí las enfermedades mentales gozaban de una comprensión más amplia.

La semana pasada leímos un estudio que aventuraba los motivos por qué los estudiantes asiáticos no acuden a las consultas psicológicas ante crisis de ansiedad, sentimientos suicidas, problemas para canalizar el estrés… Según los autores del artículo era por motivos culturales. Al parecer, la cultura asiática refuerza la completa “interiorización” de los sentimientos, no se han de mostrar. Además es una cultura nada individualista, y por lo tanto choca con el psicoanálisis, que se traduce en “exteriorización” del mundo interior del individuo -no del grupo-. No creo que le falte razón pero discrepo. Estoy segura que un estudiante gallego en esta universidad también dudaría a la hora de asistir a una consulta psicológica en la universidad. “¿Al psicólogo yo? ¡Pero si no estoy loca!”. Existe un estigma en todo lo relacionado a la salud mental. No sólo en Asia, sino también en Europa, al menos de donde vengo.

Cuando era pequeña sufría una fobia a las serpientes. Bueno, aún la tengo. Fui a psicoterapia y siempre me inventaba historias para decirles a mis amigas a dónde iba.

Conozco una familia donde hay un historial de depresiones y otras enfermedades mentales, pero si les preguntas ¿hay algún enfermo en la familia? te responden No. No sólo se considera que el psicólogo es una persona que solo trata con locos, sino que el término locura está bastante deformado. Es decir, la mayoría de personas ni siquiera consideran una enfermedad mental como tal. Está triste, y tiene cuento …

No me quiero ni imaginar lo incomprendido que tiene que sentirse una persona con una enfermedad como un trastorno bipolar, una esquizofrenia, etc. Las enfermedades mentales no se pueden medir con análisis. No se pueden curar con pastillas. No se pueden explicar con palabras. Pero al fin y al cabo son una enfermedad que hacen la vida de muchas personas insoportable y, no nos engañemos, son muy mortales.

Hay enfermedades terribles. El cáncer, por ejemplo. La diabetes. Pero nadie te cuestionaría o pondría en duda tu malestar. Sin embargo, no ocurre lo mismo ante este tipo de enfermedades. La enfermedad interviene con tu personalidad y la gente te rechaza porque es incapaz de discernir. No es que no sea capaz de discernir, lo cierto es que estas enfermedades te absorben como persona, y es lo más triste de todo. No afectan a un órgano, pero tú puedes seguir siendo tú.  Si no que te afectan a ti.

 

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