Otoño lluvioso, año copioso

 

 

No faltan voces literarias que elogien la estación otoñal. Desde pintores (Vang Gogh), cineastas (Otoño en nueva york) hasta las señoras aficionadas al ganchillo y al punto hacen de esta estación su verdadera Musa.

He de reconocer que, como mi madre. también me gusta el Otoño. Castañas, es naranja, huele a canela y a café, las temperaturas se suavizan, los paisajes cambian cada día hasta terminar completamente desnudos … y me detengo ya que no supone ningún mérito elogiar al otoño.

 

No pude sino sorprenderme al leer en un artículo de una publicación de mi universidad “motivos por los que el otoño da asco”. ¿Quién se atrevería?

Y… lo cierto es, que la cursilería de la parafernalia otoñal puede llegar a ser aborrecible. Sobretodo en una sociedad que, dejando de lado en esta entrada del blog los halagos, se caracteriza por el consumismo, el marketing y las apariencias.

 

Si bien es cierto que Central Park tiñéndose de ocres y marrones genera una estampa bastante inspiradora, junto con las ardillas que, sorprendentemente, abundan en las aceras newyorkinas, he de reconocer que el otoño ya me ha puesto la zancadilla en un par de ocasiones.

Llueve mucho. Como en Barcelona (en Galicia debemos ser la excepción) cuando llueve se generan ríos y es casi imposible caminar por el campus sin que el agua te llegue a las rodillas. Aquí, las catiuscas son imprescindibles.

Hace frío. Durante los dos últimos días las temperaturas llegaron ya a 7 y 9 grados centígrados.

Todo está plagado de decoración otoñal. Nunca pensé que dejaría de gustarme. La temática: Halloween y Acción de gracias. Todos los establecimientos están inundados de parafernalia kitsch que ralla lo hortera y el mal gusto.

No sólo los establecimientos tienen decoración y distintas ofertas estacionales, sino que casi todas las marcas de productos consumibles tienen productos de Halloween. Por ejemplo, los cereales. Ahora se llaman “Fantasmas” o “Brujas”. Oreos rellenas de pasta naranja.

Porque eso sí, de Halloween es cualquier cosa naranja o morada. Todas las chocolatinas o galletas vienen en formas de calabacitas con bocas y ojos. Todos los productos están envueltos en paquetes que pretenden ser telas de araña.

Todo es de calabaza. Recuerdo que un día, leyendo algo por internet en Tui, me quejé a mi madre diciendo que qué suerte que en Estados Unidos tenían helado de calabaza. Pues bien, no sólo tienen helado de calabaza, sino que todo es de calabaza durante este periodo del año.

 

Starbucks ofrece café de calabaza.

También Dunkin Donuts.

Las magdalenas son de calabaza. Ah sí, yogures de calabaza.

Entre otras de sus muchas virtudes, aquí tienen la habilidad de llevar todo al último extremo, supongo que es una característica de la cultura de la abundancia, de la megalomanía patológica que forma parte de este país y que no pueden negar.

 

 

 

Un pensamiento en “Otoño lluvioso, año copioso

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