Intermedio

Sé de una persona que me felicitaría, que hoy estaría muy orgulloso de mí: ayer me desmelené. Me despendolé. Me desaté de las estrictas normas a las que me someto desde hace un tiempo. Prescindí de la rigidez que me hace sentir tan segura y me tomé la tarde libre. Como lo escucháis (y volví tarde, hasta tengo legañas!).

Fuí a la ópera. Fui a ver Las bodas de Fígaro. Ésa de ¡Fígaro, fígaro, fígaro! Me encantó. Pero no sólo fui  a la ópera, que fue de noche. Si no que después de comer decidí ir antes para callejear por la zona. Aprovechar que tenía que ir al centro para dar un vuelta. Ver escaparates, tomarme un café y un dulce. Comprarme algún capricho. Observar a la gente.

La zona por la que merodeé se llama Columbus Circle. La Ópera está en el Lincoln Center ( al lado de la escuela de Música Julliard) y os podéis imaginar un poco el ambiente. Tráfico predominante de taxis y limusinas. Tiendas y boutiques con etiquetas desorbitantes. Señoras con tocados y gafas de sol en invierno. Restaurantes de varios cubiertos. Adolescentes con perritos metidos en su bolsito. Sin embargo, es Nueva York, y por lo tanto, hay lugar para puestos de tacos mexicanos insalubres enfrente de la Apple Store, para hombres barbudos pidiendo una limosna, para niños aprendiendo a cruzar la calle al salir del cole. Una ciudad tan variopinta, el tiempo se me pasó volando, la mayoría, mirando hacia arriba los altos edificios, y deseando tener cámaras en los ojos.

La ópera. La verdad, he de confesar, a nadie le pillará por sorpresa, que carezco de los conocimientos necesarios para poder hacer una crítica, así que no os encontraréis comentarios pretenciosos a continuación. Me reuní con mi amiga enfrente de la fuente. Me la encontré con un vestido negro y un collar de diamantes. No daba crédito. Más gente entraba. Vestidos largos y granates hasta los pies. Hombres con chistera y esmoquin. Peinados de boda. Todavía no sabía si iba a aguantar las tres horas y medias de espectáculo, pero para mí, ante tales vistas ya había merecido la pena. Me sentía miembro del grupo de los amigos de los padres de Wendy, la de Peter Pan. En esa primera escena, en la que se están preparando para ir a la ópera. Él se está vistiendo y se encuentra que en el babero ese que llevan los hombres en su esmoquin hay un mapa dibujado por sus hijos, que habían empleado para jugar. Se pone el gorro, toma el bastón. Mary, le dice, vamos que llegamos tarde.

Teníamos asientos de estudiantes, y pensé que además de la música de Mozart, poco podría disfrutar. Pero lo cierto es que eran unos asientos estupendos, e incluso los gestos de los actores eran perceptibles. Mi amiga es una gran aficionada a la ópera, algo que agradezco, porque de su asiento, del que daba respingos ante ciertos acordes, me transmitió mucha emoción. Enérgicos aplausos pusieron punto a cada acto (cuatro en total)

El auditorio era espectacular. Tal y cómo nos imaginamos el típico teatro de ópera. Con sus balcones para los que se quiere poner prismáticos para pijos. Cada butaca tiene una pantallita pequeñita donde van subtitulando la ópera que es en italiano. Puedes elegir tu idioma. Muy consciente del malestar que voy a ocasionar tras mi siguiente comentario, he de decir que el italiano es un idioma tan apropiado para la ópera, sin caer en prejuicios linguísticos. Pero esas erres y palabras rimbombantes llenaron los espacios de las notas excelentemente tocadas por la orquesta.

Los actores, el decorado, la vestimenta. La puesta en escena. Me pareció de ensueño.

Durante ese momento me evadí por completo, me metí en la trama cómica y picaresca de la historia (la recomiendo) y disfruté sin acordarme un instante de la cantidad de trabajo que me espera este fin de semana (examen lunes y miércoles, luego seré más libre).

Hay una pega. Hubo un momento en el que no pude evitar sentir que mi lugar en un teatro no es entre las butacas. Recordé a Irene. Mis clases de teatro. Recordé nuestra obra, Cercanías. Cómo necesito el teatro.

Si alguien me pregunta por qué me gusta tanto, por qué me identifico con el teatro, me costaría mucho responder con propiedad. Pero hay una razón que no puedo obviar, que es la primera y la más palpable. Soy una persona a la que le cuesta mucho tomar decisiones, elegir. Quiero siempre muchas cosas, elegir significa renunciar, y renunciar lo llevo fatal. El teatro es el método que hasta ahora me ha ayudado a llevarlo mejor. El teatro me permite no renunciar. Me deja hacer lo que yo quiera sin tener que elegir. En el teatro puedo ser cualquier persona, ejercer cualquier profesión, comportarme de manera estrambótica, enfrentarme a situaciones que me dan miedo o coraje en la vida real. Y cuánto más te lo creas mejor. ¿Qué otra profesión te puede aportar algo así?

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