Inclemencias del tiempo

Estoy segura de que nadie se pregunta cuáles han sido las consecuencias de Sandy, el huracán en Nueva York. Es más, la saturación de información es casi sobrecogedora. Sin embargo, me siento obligada a decir algo desde mi pequeño rinconcito del Bronx.

¿Cómo afecta un huracán de este calibre a un acomodado -gracias a financiación externa- estudiante en un apartamento universitario en el Bronx? Sé que hay rumores de que la gente en estos casos celebra “fiestas” pero nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, los dos días anteriores al huracán, me sentía bastante “incrédula”. Como bien decía una amiga mía, seguro que están exagerando, consecuencias del “trauma”. El día anterior a la “amenaza” necesitaba comprar leche. No por pánico, sino por necesidad. Cuál fue mi sorpresa – previsible, por otra parte- al encontrarme colas interminables. Estanterías vacías. Gente que no podía transitar por los pasillos. La educación y buenas maneras de los americanos habían desaparecido por completo, y todo eran empujones y palabras descorteses. De echo, no quedaban cestas. Cómo fui con una amiga que necesitaba comprar lechuga y pan de molde, utilizamos un carrito. Obviamente, mala idea porque no se podía pasar. Lo dejamos al lado de los melones y íbamos metiendo las cosas para no llevarlas en la mano. Fui a por una Coca-Cola. Uh? y el carro? Bien, tuvimos que repetir los viajes a las estanterías -viajes casi inútiles porque ya no quedaba Coca-Cola- para descubrir más tarde que un joven me había robado el carro para meter dos míseros botes de helado. Le llamé la atención.

Esa misma tarde cancelaron el transporte público. En casa sólo tengo café de Portugal, que muy generosamente me enviaron mis padres, así que a las siete decidí bajar a comprarme un descafeinado. Cerrado. Todo. Obviamente, si cerraban el transporte público los trabajadores deberían regresar a sus casas antes. Y así a lo largo del día de ayer. Y de hoy. Ahora sí que me arrepiento por no haberme contagiado del pánico y haber comprado provisiones.

Los daños colaterales. En este barrio, la mayoría de los árboles se han mantenido en pie. La luz se tambaleó un poco. Lo que sí se tambaleó fue el edificio. Yo no estoy acostumbrada a estos “acontecimientos” y me mareé. Náuseas y ganas de vomitar. Dolor de cabeza. Pero vecinos que venían de países del sudeste asiático se encontraban cómodamente comiendo cantidades ingentes de arroz que habían preparado por si se cortaba la luz con horas de antelación.

Se abrió la ventana repentinamente. El ruido del viento me impedía comunicarme por Skype a un tono de voz normal. Por lo demás, ya sabéis. Algunas inundaciones, estaciones de metro en condiciones deplorables, edificios afectados (ventanas de las residencias universitarias, por ejemplo). Pero bueno. Hoy nos han pedido que nos mantengamos en casa, ya que las instalaciones eléctricas, al estar inundadas pueden ser muy peligrosas.

“¿Ves? No era para tanto”. Sí, sí es para tanto. Y no lo digo por las consecuencias económicas del cierre de Wall Street, que me trae sin cuidado. No lo digo por las pérdidas ingentes que ocasiona la paralización de los medios de transporte. No lo digo por los niños consentidos que han visto su agenda de exámenes afectada y ahora tenemos dos exámenes en el mismo día, por ejemplo. Todo eso son daños menores.

Sin embargo, esta mañana he leído “trabajadores de la residencia universitaria X han pernoctado en los comedores para poder abastecer a los alumnos”. ¿Sabéis quien trabaja como cocineros en residencias universitarias? Inmigrantes. Gente que se ha tenido que quedar a dormir en las baldosas para que las neuronas privilegiadas de la Ivy League no les faltase de nada. Gente que probablemente estuviese preocupada porque su edificio (no en tan buenas condiciones) pudiera verse afectado. Gente que probablemente quisiera consolar a sus retoños de 3 o 4 años que tuviesen miedo al irse la luz.

Creo que eso ha pasado en varios casos. Muchos negocios intentaban a toda cosa mantenerse abiertos, sabiendo de antemano, que el único Starbucks abierto de la manzana iba a obtener ganancias considerables. Esto afecta sobretodo a los trabajadores que no tenían transporte para desplazarse. En fin.

Y bueno, a pesar de que los medios de comunicación se centran en las pequeñas catástrofes de la urbe, creo que merece la pena sentir un poco de solidaridad por aquellas zonas por las que ha pasado el huracán que son más pequeñas, y están menos preparadas, y sí que ha afectado seriamente.

Quizá, al ser “novata” en estos asuntos, aún me estremezco cuándo escucho las ambulancias cada dos por tres.

Preparando Halloween

Un abrazo,

Adriana

3 pensamientos en “Inclemencias del tiempo

  1. No m’imagino com deu ser viure això! A més, dec ser de les úniques que no ha seguit per cap mitjà d’informació el desenvolupament de l’huracà. Per això quan avui m’he trobat això al FB l’únic que m’ha provocat és gràcia:

    Aquell desgraciat que et va robar el carretó del supermercat…espero que el deixessis com un drap brut davant seu i que se n’avergonyís. A més, si et va robar la coca-cola segur que no era per necessitat (-_-; )

  2. Espero y deseo que tras la tormenta, llegue la calma y que todo vuelva a su cauce. Desde la visión que me permite la lejanía, el pueblo americano siempre ha sido solidario, ojalá que una vez mas esa solidaridad la perciban y la reciban los mas afectados.

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