Después de la tormenta … una historia personal

Salí de mi apartamento a las 7.55 para coger el minibus de las 8. 

Me encontré con el conductor de los sábados (sólo trabaja los sábados para nosotros) en el jardín de delante del edificio. Estaba fumando un cigarrillo, tenía un vaso de papel con café aguado y llevaba una vestimenta que yo definiría como estrambótica: un gorro texano, vaqueros corroídos que no eran de su talla apretados por un cinturón con el cuero desgarrado, una camisa de cuadros arrugada y una “chupa” de cuero de los años… catapún. Me dio los buenos días y me preguntó por el huracán, no nos habíamos visto desde la semana pasada, un día antes de la tormenta, en una ocasión en la que me mostré preocupada y ante la cual me consoló diciendo “en este país son alarmistas, no te preocupes”. 

Bien, poco tardó el pobre hombre en contarme que él vive (o vivía?) en New Jersey, una de las zonas más afectadas. Me contaba cómo su barrio parece una zona de guerra. No sólo su casa,  también las de todos los vecinos están destrozadas. El agua sobrepasaba la altura de su cintura (es un hombre alto y robusto). Dice, que lo que más le impactó fue ver como una de sus neveras flotaba en la cocina. 

No tiene luz. El sistema de calefacción está completamente roto. El seguro todavía no ha pasado a hacer la inspección. Sus coches… totalmente invalidados. Se ducha, come, en casa de su madre. “Por suerte, – dice por suerte- encontré esta ropa en casa de mi madre… porque toda mi ropa se echó a perder”. 

“Ahora no sé qué hacer. No merece la pena hacer reparaciones en el sistema eléctrico y en la calefacción porque no podemos volver a vivir en nuestra casa. Una vez el agua haya desaparecido por completo sólo quedarán paredes repletas de moho. No podemos volver a vivir ahí. Mi mujer y yo todavía estamos barajando cómo afrontar esta situación”. 

Cuándo hablaba de sus mascotas, le empezó a temblar la voz. En el asiento de atrás me estremecí. 

Probablemente él no sea la persona en la peor de las situaciones. Pero, sinceramente, cuando conoces a alguien con quien compartes varios trayectos de media hora cada semana, entre charlas que varían desde lo más superficial hasta lamentaciones sobre la sociedad globalizada, todo se hace más real y más palpable. 

Claro que tenemos imágenes en los periódicos y en los telediarios. Pero, seamos realistas, ¿acaso la mayoría de ellos no desaparecen en cuanto dejamos el periódico en la barra del bar, o pulsamos el botón de apagado? Seguimos nuestras vidas, y parece que lo demás pertenece al mundo de la ficción. O a un mundo muy lejano, que no nos afecta. 

Esta historia pertenece a una persona que me tocó el hombro esta mañana. Una persona cuyo aliento me llegaba a la cara a través del humo que sale en las frías mañanas. 

La situación no es más grave ahora, obviamente. Es triste pensar que hace falta que algo nos toque muy de cerca para adquirir cierta consciencia y responsabilidad. El ser humano está plagado de defectos. 

No me pude resistir y tenía que compartir esta pequeña historia con vosotros. 

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