Navidades en Nueva York

“Navidades en Nueva York”, un sintagma nominal que a muchos, inevitablemente, le provocará la evocación de las escenas tan explotadas de películas como solo en Casa.

Un espectacular árbol de navidad presidiendo un todavía más impresionante Rockefeller center, plantado por los constructores que se sentaban en aquella viga a comer un bocadillo en Blanco y Negro y que ha pasado a la historia de la fotografía. Niños patinando sobre hielo y casi tropezando a la sombra de las luces parpadeantes y de colores. Copos de nieve decorando, casi de manera encantadora, los gorros comprados en las boutiques del Soho de las chicas rubias que han inspirado la muñeca Barbie. Un central park casi desnudo, con parejas felices paseando sus perros de raza (dálmata, caniche repeinado), niños jugando a tirarse bolas de nieve y abuelas sorbiendo ruidosamente chocolate caliente. Calles concurridas, con villancicos, taxistas sonrientes que te llevan hasta la puerta del empire state donde puedes ver las vistas más magnificas del skyline de Nueva York. Las casitas iluminadas de Brooklyn, con sus jardines repletos de Santa Claus, tan generoso este año para todos los niños que se lo merecen.

A nadie se le ocurre pensar en esa Navidad Newyorkina, en la que la nieve cae acompañada de un viento torrencial que golpea cutis ya dañados por las temperaturas siberianas. Nieve que apenas cuaja y forma charcos y hielo que hace de las calles verdaderas pistas resbaladizas. Grises, y sucias, que amenazan con impregnar tus botas recién compradas en una tienda entre lo que parecía el precio menos desorbitado. Navidades conglomeradas, en las que es imposible acceder a cualquier sitio sin empujones o codazos, o sin una cola que sobrepasa los 60 minutos. Unas Navidades en las que esas tiendas tan diferentes, están cerradas por vacaciones. En las que el metro humea un aroma a vómito de aquellos vagabundos que no tienen con quien hacer la cuenta atrás los últimos segundos del 2012 en Times Square.

Navidades de etiquetas con números exhorbitantes, de inclemencias temporales, de planes alterados. Navidades frías, que obligan esa doble capucha que no te deja divisar la verdadera magnitud y altura de los rascacielos.

Pero Navidades al fin y al cabo. Feliz, y sobretodo, afortunada, porque las dos personas más importantes de tu vida han echo un sacrificio imposible de calcular para estar a tu lado. En familia, entre un abrazo y dos besos. En una mesa de un sucio piso de estudiantes que se menea cada ve que cada comensal intenta cortar el trozo de pseudo-cangrejo de piscifactoría que te ha vendido un agradable latinoamericano solidario.

Un abrazo, y muchas gracias.

diner

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