Mascarilla de oxígeno

Odio los aeropuertos. Desde el preciso instante en el que llego y atisbo los mostradores de facturación, donde se han instalado unos barrotes separados por cintas elásticas o enroscables, y que han sido dispuestos en forma de una S eterna, que pide a gritos que te agaches y te saltes el paseo innecesario.  Esta cola, más o menos lenta dependiendo de tu fortuna y el estado de ánimo del muchacho del mostrador,  ampara a personas cuyo miedo al número que refleje la báscula ha sido transferido a sus bultos, en vez de a su cuerpo.

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Incluso cuándo me ahorro ese trámite farragoso, detesto la similar cola previa al “control” donde el lector láser se empeña en no reconocer el código de barras que he tenido la destreza de imprimir en mi casa en forma de “billete electrónico”.

Es entonces cuando uno se da cuenta de por qué la gente -aquellos más viajados- optan por el chándal a juego del trolley: mientras te sacas el cinturón, el Viceroy, las botas con tachuelas. Ni aún así evitas el bochorno de ser palpado (muy superficialmente) por una mujer con guantes y mirada seria. Mi trabajo lo vale. Y por si acaso aún te quedase alguna duda, el convertirse tu persona y tus pertenencias en objeto de sospecha, no es, ni de lejos, tan atractivo como lo hacen parecer los thrillers norteamericanos.

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Recuperada la compostura, las monedas -que quizá no te sirvan en tu destino- a tu bolsillo, te adentras al verdadero corazón de un aeropuerto: la sala de espera de los impacientes. Un lugar conectado por infinitos pasillos blancos y desprovistos de personalidad, donde el clima -una combinación cuasi científica de aire acondicionado y calefacción que tiene el don de promover una sensación de sed insaciable: recuerde entonces, cuando, en el control arriba mencionado, tuviste que tirar la botellita de agua que tu madre cariñosamente introdujo en tu mochila, junto a una manzana y un bocadillo de embutido castizo.

Es casi inevitable sucumbir a la dolorosa adquisición del refresco de sifón que goza de unos precios prohibitivos. En este lugar, el tiempo goa de la habilidad de pasar con una lentitud indescriptible. Tiempo que uno puede invertir en tiendas de firmas, o bien caer en la tiranía del “dutifrí”. Si has salido empalagosamente embadurnado y perfumado de uno de estos establecimientos, en los que junto a la tarjeta de crédito te piden la tarjeta de embarque, puedes proceder ahora a echar un vistazo a cualquier número de prensa rosa, ampliamente disponible en todos los idiomas.

Si eres de los afortunados que gozan de una cartera poco quisquillosa, podrías incluso adquirir uno de los atractivos bestsellers de todos los tiempos cuyas portadas rechamantes están estudiadamente colocadas en una estantería junto al mostrador poblado de snacks que fracasan a la hora de hacer tu viaje más ameno.

Puede incluso ocurrir que tu viaje haya sufrido un pequeño retraso, o, en el peor de los casos, una cancelación y te veas obligado a realizar una comida copiosa entre las vidrieras del aeropuerto. En ese caso tienes dos opciones, ambas igual de apetecibles e igual de económicas: el bocadillo blanco de pan con textura chicle que responde al nombre de “chapata ibérica” o similar, o bien un plato del buffet que hará que tus memorias del comedor escolar resulten de lo más similar a un banquete digno de pequeños emperadores.

En estos espacios, que presumen de estar en todas y en ninguna parte, se habla un idioma diferente, con terminología específica, dominarla supone un verdadero reto. destino y pasajero, puerta de embarque, aduana, lounge, equipaje, pertenencias, retraso, embarcar, aterrizar, despegar (…)

Suenan a ruedas de portaequipajes, a voces automatizadas que insisten en que en este aeropuerto no se emiten avisos, o últimas llamadas que nunca son las últimas.

Son lugares propicios a la crispación – “embarque urgentemente” tampoco ayuda-. La impaciencia, el nerviosismo: los diez minutos que tantas veces has empleado para ser elegantemente impuntual son ahora faltas imperdonables a tu compañía aérea. Incluso aquellos que aborrecen el deporte televisado hacen de estos lugares pistas de competición, en las que se empeñan por ser los primeros en subirse o bajarse del avión. Niños entusiasmados vislumbran los aviones mientras sus padres suspiran con la esperanza de que hagan el trayecto soportable. Lounges poblados por asientos que tienen enchufes, respaldos psicodélicos, pero que crean igualmente un discomfort, promueven la somnolencia que te impide pasar de párrafo.

Protagonistas todos de casi siempre historias tristes, despedidas. Incluso aquellos que tienen la esperanza de que un cambio de geografía “encienda” o despierte su matrimonio sufren la amenaza de las turbulencias.

Dedos que repiquetean en las rodillas, suspiros causados por fobias o cualquier otra sensación que le produce a muchos el volar, o el mero aburrimiento.

En estos lugares las clases sociales aún son una realidad. Aquellos de la flor y nata de la sociedad pueden embarcar por la derecha, aunque irónicamente se mezclan con la plebe justo detrás del mostrador.

Aquel muchacho de los suburbios de Madrid lee a García Marquez en inglés, con una portada digna de una novela erótico festiva, para no desentonar con toda la parafernalia de su bolso de mano destino Miami. Aquellos que se empeñan en hablar por teléfono hasta el momento en el que las azafatas casi le obligan a apagar su “aparato electrónico” antes del despegue.

Un lugar, al fin y al cabo, en el que tu única elección es ventanilla o pasillo. Aún así, algunos se aventuran a abrir el compartimento superior -no el inferior, donde se encuentra el chaleco salvavidas- antes de que el avión se haya detenido por completo y se haya apagado la señal.

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Así más o menos transcurrió mi trayecto Tui-O porto-Lisboa-NY

3 pensamientos en “Mascarilla de oxígeno

  1. Se m’han tret les ganes de viatjar de cop!!! Sort que la cosa canvia si viatges acompanyat. Les 1nit-al-Prat+50000hores-de-vol+50000hores-de-tren&autobus que m’esperen per anar a la Xina serien horribles si no fos perquè hi vaig acompanyada de 2 persones! Per cert, nosaltres 2 agafarem des de Beijing un tren d’alta velocitat i després un bus, en total moltes hores, però pitjor sort ha sigut la de l’altre company que no ha pogut aconseguir alta velocitat i s’haurà d’estar 16 hores de peu en (no sé si en un tren o un autobús).

  2. Jajajaja un minuto de silencio por todos aquellos bocadillos de embutido castizo confeccionados con amor y devoción por madres del mundo entero, devorados en acto de servicio por agentes de seguridad sin compasión. Nunca lo sabréis apreciar. ¡Malditos!

  3. Yo siempre los relaciono con ilusión, …. Pero no me digas que no es divertido pensar a donde ira cada uno de las personas, tener conversaciones insospechadas con el pasajero de al lado, …. Hoy he desayunado contigo, jaja

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