Servicio a Domicilio

El servicio a domicilio es todo un fenómeno social en esta ciudad. “Nos debe estar vacilando” ( pensaréis) ” lleva siglos sin escribir, y ahora que lo hace, escribe algo que ya todos sabemos de sobra.”

Habiendo pasado la mayor parte de mi infancia y juventud en Tui, debo decir que lo del “servicio a domicilio” no es algo que haya estado muy presente en mis recuerdos de la infancia. No es que haya nacido en el seno de una familia pseudo-hippy que abogue por el boicot a todo lo que no sea orgánico, sin procesar o ecológico. Para nada, de hecho, mucho nos gustaban las pizzas del Di Marco. Lamentablemente, teníamos que ir a buscarlas. Aunque podías llamar para que las fueran metiendo en el horno. Cada sábado mi padre me llevaba a ver una película de Disney a los multicines centro.  Siempre cenábamos en el Macdonal, una big mac para él y una Royaldelux para mí. Nunca he caído en la tiranía de los japimils. Bendita inocencia la de mis papilas gustativas por aquel entonces. Qué sencillas eran de contentar.

 

En conclusión, lo más cerca que estaba de la “comida a domicilio” era mientras veía en la tele algún capítulo de Steve Urkell, o de Punky Bruster. Con todo, pude gozar de la oportunidad de disfrutar de este servicio cuando fui a estudiar a Barcelona. Quien no ha pedido pizzas o chino un domingo de esos en los que aún te retumba un poco la cabeza y no te queda nada en la nevera. Aun así, no os creáis, algunas veces íbamos personalmente a por la pizza porque así nos hacían un descuento.

No hay día que no me encuentre a algún “delivery guy” (perdonad que utilice la terminología del argot del ámbito en cuestión), que sería el “repartidor” por alguno de los pasillos de mi edificio. Normalmente me encuentro varios al día. “Normal” dicen las mentes lúcidas “los estudiantes ya se sabe, el fin de semana, están en pijama, vagonetas…, es algo natural, no es para tanto”. Cierto. Pero no.

En primer lugar, el servicio a domicilio no se limita a esas ocasiones en las que uno se siente lo suficientemente perezoso como para no sacarse el pijama, o porque sea tarde y nos falta determinado ingrediente para llevar a cabo nuestra cena -lo cual tampoco sería excusa ya que aquí todo es 24h- . Ni siquiera el servicio a domicilio se limita a “domicilio”. Me explico. Es de lo más natural encontrarte a los muchachos del delivery cargados con diferentes bolsas plásticas por los pasillos de la facultad y preguntando ¿has pedido chino? Bueno, vale, estudiantes que están tan profundamente concentrados en su trabajo en grupo que no pueden ir a comprar un sándwich y despejar la mente ni un segundo, no vaya a ser que pierdan la inspiración. Comprensible. Más incomprensible, a mi modo de ver, es ver al repartidor buscando a su cliente por el césped del campus, donde el burguesito de turno se ha sacado la camiseta para aprovechar los primeros rayos de sol que nos ha regalado Nueva York.

Cuando pensamos en el reparto a domicilio uno piensa en las cajas de pizza, o en las típicas cajitas blancas de comida china. Incluso, si te pones, quizá hamburguesas, o comida india o algo así, no sé qué se pide hoy en día. Pues no. Y eso es otra. Hasta un restaurante de varios tenedores y cuchara de postre tiene un cartelito en la puerta que pone “we deliver”. Así que, es de lo más frecuente pedirte un pollo con guarnición, o una quiche de fuá a las mile pimientas, todo se lleva a domicilio. Café o té, incluso, si todavía no os he convencido de la esencia absurda de tal fenómeno. La heladería al lado de mi casa tiene un cartel que promete que tus helados llegarán en perfecto estado, sin rastro de derretimiento.

 

Bien. ¿Qué clase de transporte tendrán estos negocios para proporcionar platos, bebidas y otros enseres a domicilio, que lleguen en perfecto estado, caliente y sin haberse desmontado? En una ciudad como Nueva York, donde el tráfico es abrumante, y las limusinas gozan de un protagonismo considerable, la respuesta es sencilla. ¡En bicicleta! Sí. Todos los restaurantes tienen unas bicicletas de las que cuelga una chapa metálica con la abreviatura del nombre del restaurante. Los repartidores llevan un casco de ciclista y un chaleco reluciente, para evitar desgracias.

Y bien, así os demuestro cómo mi vida corre peligro cada día, cuando al salir de casa me arriesgo a verme atropellada por una bicicleta desequilibrada por un montón de bolsas de plástico (blancas con una cara amarilla sonriente) colgadas de los manillares.

¿Y llegan bien, los platos? Para esa pregunta, todavía no tengo respuesta. Es una de esas malas costumbres que aún tengo que adoptar. De momento, todavía gozo de la excusa de dejar los deberes o posponer el trabajo para comprar algo que me falta, o para tomar un “canapié”.

 

Un pensamiento en “Servicio a Domicilio

  1. Jajjajja. M’he imaginat el l’estudiant burgès fent la comanda: “voldria una pizza tal. Direcció? Campus tal, el tercer arbre a l’esquerra.”. Mai dels mais he demanat menjar a domicili, t’ho pots creure? Tinc entès que a la Xina el que compres per internet pots determinar quan vols que t’arribi, de l’estil “de 10 a 13”. I si ho compres aquesta nit t’arriba l’endemà. Fins i tot grans distàncies. Es veu que hi ha tanta competència que el servei és així de bo i molt barat. Quan veig coses així em vénen ganes d’engengar a pastar fang la lluita dels sindicats pels drets dels treballadors^^.

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