Bohemia en Nueva York

Cuándo uno echa la vista atrás y saca los recuerdos de la adolescencia o preadolescencia es posible que se sonroje o considere algunos pasajes de su juventud un tanto ridículos. Al menos ese es mi caso. Con 13 años empecé a padecer una especie de crisis de identidad causada por un conflicto entre amigas, episodio presente en la mayoría de las vidas. Por aquel entonces los niños y niñas nos empeñábamos en justificar estos “conflictos” con el “soy diferente”. Para marcar esa diferencia uno se identificaba con un “grupo urbano” (pero no dices que eres “diferente”?), el catálogo para escoger era amplio: hippy, punky, “peludo” –versión de mi pueblo para “heavy”–, hiphopero o breakdancer, o malote –versión gallega de choni–, y también estaban los montunos y las pijas de los jueves. En fin, no me quiero extender en explicaciones de subgrupos, porque darían bastante que hablar. El caso es que, afortunadamente, mi madre no sólo me impidió agujerearme o tatuarme, sino que tampoco estaba dispuesta a gastar el dinero en ropa que me dejara en ridículo. Gracias, mamá. Pero aún así no me libré del todo. No me avergüenzo de la ropa que me identificaba –colores extremadamente cantosos– porque si no te pones naranja fucsia y turquesa en esa edad pierdes prácticamente tu oportunidad para siempre. Pues bien, yo decidí que era “bohemia”. Sí, y no es que en Tui tuviese muchos referentes, pero lo copié de un libro que me dejó el padre de Milena, que se convirtió en mi favorito ( y todavía lo es) aunque dudo que entonces lo entendiera. La única persona que se parecía a la idea que en mi cabeza respondía a “bohemia” era una tía de Milena, y desde entonces intentaba seguirle los pasos con toda la información que intentaba obtener en mis visitas a casa de Milena. ¿Cómo puedo hacer para ser culta? le preguntaba a Luis. Me compré una boina en Paris y iba a cafeterías a “escribir”. Patético, lo sé. Al mismo tiempo no os creáis que había renunciado al lado más superficial de la experiencia juvenil,  y entraba en el “Brujas” rezando que no me pidieran el carnet, y una vez dentro iba al baño con mis amigas treinta veces para pasar por delante del  “chico” que nos gustaba, todo eso al son de aquella cancion que decía “yo soy sexy, sexy sexy” o aquella peor ” Lo-li-ta”…bohemio eh? Al llegar a casa me confesaba poniendome “cantaautores” -incluso hice un trabajo para clase sobre  Silvio Rodríguez– 

Menos mal que la tontería se me pasó y ya me concentré en cometer otros errores de los que también me arrepentiría después. El caso, es que hoy me he acordado de todo esto y me reconozco perfectamente en esa patética muchacha pasando la pubertad. DE alguna manera Brooklyn era para mi, como para la mayoría de la población, algo que debería haberme hecho sospechar, ese paraíso de artistas atormentados.

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El París de los Newyorkinos, poblado de Austers escribiendo en bares, y parejas discutiendo diálogos de Woody Allen. Ese lugar en el que te puedes perder horas y tener encuentros sorprendentes, no?

 

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La primera vez que fui a Brooklyn fue en Diciembre del 2007. Fui con un grupo de amigos porque queríamos comer el típico Steak. También fuimos al jardín botánico. Bien, os resumo: el jardín botánico estaba completamente congelado (las únicas plantas que se podían disfrutar eran dentro del bochornoso invernadero y acabamos comiendo en Chinatown porque no nos sirvieron Steak en ningún sitio)

ImageObviamente en ese momento culpé a la persona que guiaba y no le dí demasiada importancia. En otra ocasión será, pensé. Desde entonces he vuelto varías veces y por unas cosas o por otras nunca he encontrado el Brooklyn de la trilogía o del repertorio cinematográfico. Una vez porque fui sólo a la zona turística del puente, otra vez porque nevaba, otro día porque quizá era domingo…

Hoy decidí poner fin al asunto. Un día soleado, fabuloso.Me informé bien de a dónde ir. Direcciones exactas de lugares con “esencia”.

Fracaso absoluto.

cafeteria en brooklyn

cafeteria en brooklyn

 

Brooklyn (Williamsburg, Greenpoint) está muerto. No hay vida en la calle, lo cual es razonable porque todo son fábricas o almacenes reformados como locales de copas.

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Escasean supermercados y tiendas. En cada callecita hay una cafetería con un toque retro en el que incómodamente te sientas en una caja de latón y pagas 3$ por el café más barato.

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Hay también tiendecitas de ropa con productos únicos y hechos a mano por diseñadores, así como tiendas de ropa de segunda mano en las cuales el jersey más barato roza los 65$. Los restaurantes solo sirven platos veganos, o en su defecto con carnes que han llevado una vida pastoral feliz. Todo eso por el módico precio del menú a 30$. 

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Muchachos bohemios esperando enamorarse? En cada esquina! Uno de esos, disfrazado con barba de dos días y pelo despeinado, se me acercó. “Perdona” –dice– y yo, parpadeo coqueta (oh, un atormentado de los que me gustan–pienso por dentro–) ¿Sabes como se entra al gimnasio? — esta vez volví a parpadear, para ver si despertaba de la pesadilla. 

 

Hombre, a ver si os creíais que ser bohemio era así tan fácil, moco de pavo. Sale caro y cuesta sacrificio. Para presumir hay que sufrir, me decían a mi.

 

Un pensamiento en “Bohemia en Nueva York

  1. Així m’agrada, desmontant mites! Pfff, quan tens referents literaris i cinematogràfics que idealitzes i et trobes de cara amb aquesta realitat…deu ser com tornar a veure una peli que de petita t’encantava però ara dius “ui, quina merda de peli!”.

    Jo era del grup de marginats, erem 5 i molt ben avinguts. Llàstima que quan un d’ells va ser acceptat pels d’un graó sobre nostre ens va deixar a l’estacada i el grup pràcticament es va dissoldre. Amb els anys puc dir que ara no puc ser més feliç (bé, sí que podria) i que m’importa ben poc de quin grup formés part. Per mi l’alliberament va ser “deixar de tenir tants complexos i deixar-me guiar per les meves inquietuds”, i després tot va venir rodat.

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