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Nueva York está a rebosar. ” Uno de los destinos favoritos para las Navidades” ponen los folletos esos de las agencias de viaje, sí, ese negocio en peligro de extinción. Y lo cierto es que es imposible evitar que se te metan las esquinas de los inmensos mapas que los turistas despliegan en el metro en plena hora punta. Y, lo cierto, es que no lo comprendo. Desde luego es una ciudad que bien merece una visita, si no más, pero ¿en estás fechas, en serio? El arbolito del Rockefeller Center, o la pista de patinaje…sí, pista de patinaje de bastantes horas en la cola, y una vez dentro has de moverte en fila india, no hay espacio para piruetas. Además del inconveniente de las masas de gente inundando todo ( cuenta las cabezas que hay posando detrás tuya en la foto en la que intentas quedar natural delante del puente de brooklyn), las inclemencias del tiempo suponen verdaderos obstáculos. Temporales de nieve impiden alzar la cabeza para admirar los emblemáticos edificios, y la nieve derritiéndose produce charcos enormes en las aceras que has de pisar sí o sí. Los niños que se detienen a jugar a hacer bolas de nieve, tus calcetines empapados, un taxi a toda velocidad que te salpica barro. Y no un barro de esos de tierra  agua, que huelen a rural, no, un barro contaminado, con todo tipo de residuos urbanos. “Bueno, eso es por que la gente va a Nueva York para ir de compras, el tiempo es lo de menos”. 

Incluso en ese caso, esta es la peor época para ir de compras. Me saltaré las obviedades (precios inflados por las festividades y aglomeraciones). Aquí no escatiman en uso y abuso de calefacción, y las temperaturas dentro de los establecimientos superan a las de los veranos en los trópicos. Uno entra con su abrigo doble capa, su bufanda, sus manoplas y su gorro, pero se ve obligado a hacer gala de sus talentos como streaper ( “estriper” -persona que se despelota bailando- ) a menos que quiera sufrir un sofoco. Añada todos estos elementos a las bolsas, e intente colgarlo todo junto a las prendas deseadas en el probador. Misión imposible, y no pretendo hacer alusión a la película. Y si creía usted que antes hacía frío, imagínese al salir de la sauna. 

No digo todo esto de manera gratuita, ya que desde que he acabado los exámenes me he dedicado a investigar el fenomeno social de “compras navideñas” Como buena antropóloga, lo he hecho mediante la observación participante. En otras palabras, que he ido de compras festivas yo también. 

La Navidad es un tema controvertido y hay opiniones para todos los gustos. Desde aquellos que aseguran sentir florecer un repentino espíritu navideño de bondad y humildad, solo representable mediante una decoración casi barroca de luces y borlas brillantes en abundancia, hasta los que se muestran radicalmente contrarios a una tradición que el capitalismo ha convertido en un mero mecanismo comercial para promover el consumismo irracional. 

Siendo todo esto muy cierto, yo he de admitir que me encuentro un poco a medio camino entre ambos. No sufro ese repentino furor por hacer el trabajo de fin de curso de mi estresado compañero de clase como acto bondadoso, pero disfruto las fechas y todo lo que ello implica: las reuniones familiares, la decoración y, sobre todo, los regalos. 

Muchos padecen vértigos cuándo llega el momento de regalar. No saben el qué, dónde, si será apropiado, etc. ¿Cuántas veces no habéis escuchado el “yo preferiría que no me regalaran nada y no tener que regalar”? Lo cierto es que saber regalar es un arte, y muchos se encuentran al final con un montón de porquerías que esperan que les saquen de un apuro y regalar a otro en otra ocasión. 

No regalo mucho, ni necesariamente regalo bien. Desde luego me cuesta mucho tiempo, y odio sentirme obligada a regalar en una fecha específica, porque a veces es imposible encontrar algo apropiado y uno acaba regalando simplemente para salir del paso. Yo sigo unas normas, que a veces suponen un verdadero reto, pero que al menos, demuestran un esfuerzo considerable a pesar de que resulte un fracaso. 

1. No puede ser algo práctico/útil. Cuando una persona necesita algo, -pijama, zapatillas- al final, lo acaba comprando. No va a prescindir nunca de ello. Por eso, si tú no regalas un pijama, esa persona lo acabará comprando igualmente, no es nada especial. 

2. Tiene que ser unipersonal. Si lo volvieras a envolver, nunca podrías regalarlo a otra persona porque es personal, dice algo. 

3. Tiene que ser un capricho y ser bonito. Es decir, algo que esa persona nunca compraría porque “es un lujo”. Esto no necesariamente implica caro. Por ejemplo, cuando voy a clase yo siempre me compro las libretas mas sencillas. Portadas unicolor y punto. Veo innecesario comprarme esa libreta con una portada que tiene un dibujo de una máquina de escribir junto a una frase inspiradora. Ese es un buen regalo. 

Por eso que, al final, casi no he comprado nada, pero me lo he pasado pipa. Nueva York está llena de tiendas inconcebibles. El fenómeno de las tiendas “originales” es algo más extendido ahora, pero es algo muy reciente en la península. Recuerdo que la primera vez que vi tiendas originales fue en Amsterdam. Una tienda sólo de velas, una tienda sólo de folios, una tienda sólo de preservativos. Sí, mis padres, muy modernos me llevaron a ver la mítica tienda de Amsterdam y a pasear por el barrio rojo y ver los “escaparates”, con lo que me hicieron pasar una tremenda vergüenza. Resulta embarazoso, en plena edad del pavo, enfrentarse a eso con los progenitores. 

Hoy, por ejemplo, he visto una tienda sólo de productos de viaje, otra de globos…. 

¿Qué me traerán los Reyes?

 

Un pensamiento en “$ Dollars $

  1. Totalment d’acord. Però he acabat comprant coses útils T_T, potser perquè no he sabut trobar botigues especialment encantadores i especialitzades. Que passis unes bones vacances!

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