Suplemento finanzas EL CAFÉ

A veces abro el libro de rigor, ese que amenaza con proporcionarme todas las respuestas a las preguntas que me impiden empezar de una vez por todas a escribir la tesis, pero antes de acabar de leer el segundo párrafo, me encuentro sumida en pensamientos de lo más variopintos.

A veces me imagino cómo decoraré mi casa del futuro, o pienso en qué me compraré con mi próximo sueldo, a veces pienso en la lista de cosas que quiero pedirle a mi madre que me mande en un paquete, o cómo voy a hacer para mudarme en Mayo.

A veces también me pregunto cómo se vestirán mis padres para la graduación, y a dónde iremos esos días por Nueva York. Hago una lista de las películas que tengo por ver, y organizo mentalmente una sesión de Spa al llegar a casa, pedicura incluida, y a lo mejor incluso me pinto las uñas… color burdeos o algo más pálido? Ah… aquel color coral me lo dejé en Tui, me cachis….(ejemplo de cómo funciona mi cerebro en estas patéticas situaciones).

En todo caso, un día de estos me encontré comparando mentalmente los precios de las cosas en diferentes lugares donde he vivido, y me ha parecido apropiado compartirlo. A pesar de que no pueda poner el fondo de la pantalla color salmón tal y como merecería un suplemento financiero digno.

He de dejar constancia que mi visión es poco reveladora –a diferencia de la de los lobos y lobas de Wall Street- , empezando porque lo que son productos de primera necesidad para mí no lo son siempre para todas las personas, así que por favor, no sobreanalicéis mis conclusiones, ya que no será difícil ponerlas en duda.

Como no podría ser de otra manera, quiero empezar esta sección con algo con lo que no puedo vivir, y por lo que me he visto pagando precios desorbitados, o desviando mi camino –en varios kilómetros-, o llegando tarde a alguna parte por conseguirlo: el café.

Quizá debería empezar por explicar cómo este producto se convirtió en una necesidad vital. Algo que algún día debería de solucionar, pero para lo que todavía no estoy preparada. Muchas de las personas que me han conocido durante varios años pueden dar fe de ésta dependencia a veces casi patológica, que me ha costado malos despertares y alguna pequeña revolución personal. Casi todas acabadas en victoria, por cierto, y a modo de ejemplo, en uno de mis primeros campamentos de verano, conseguí que los monitores me asignaran una vaso opaco durante el desayuno, para que los otros niños no se dieran cuenta de que el mío contenía algo no autorizado, nunca fui niña de Colacao, o de Neskuik –por las noches sí, y Colacao mejor- . Los pocos días que nos dejaban ir al pueblo (era un campamento de senderismo) todos los niños corrían a la tienda de chuches para abastecerse de provisiones edulcoradas para el resto del campamento. Yo, sin que nadie se percatase, me unía al grupo de los adultos, y usaba el dinero que mi madre me había dado para alguna “emergencia” en tomarme un buen café caliente. Y estoy segura de que ella considera que fue muy buen invertido, porque ella es igual que yo. Cuándo vamos de compras siempre necesitamos el café al mismo tiempo, y lo necesitamos de la misma manera, “Cariño, ya sabes que yo antes de tomar café soy incapaz de hacer nada” y cuántas veces he dicho yo lo mismo. Mi último romance también empezó con un café, y él prometiendo que en casa era capaz de hacer uno digno de la máquina de la cafetería. Tenía razón. Y cómo iba a prescindir de alguien así en mi vida? Bueno, supongo que esa es la primera prueba de que seré capaz de prescindir del café en el futuro.

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Mis padres eran autónomos, tenían una tienda en la frontera Tui con Portugal, un comercio especializado en productos que los portugueses compraban en Tui porque eran más baratos. Trabajaban literalmente, de sol a sol, y no cerraban los domingos. Siempre se han turnado para comer. Por eso he crecido prácticamente con mis abuelos. Cándido y Juanita, y necesitaría un blog entero para redactar las memorias que tengo de infancia con ellos.

Juanita (más conocida como Chula, o la abuela de Tui) también era muy cafetera. Siempre se tomaba el café cuándo recogía la cocina, mi abuelo se había ido a darle de comer a los animales, y estábamos las dos solas. Levanta los pies, decía mientras barría. Juanita siempre le hecha tres cucharadas minúsculas de azúcar al café, y nunca jamás lo remueve. Le gusta así. ¿Abuela, qué bebes? Decía una Adriana de tres, cuatro, cinco años. Entonces la abuela cogía en la cuchara ese fondo de café con azúcar, y me lo daba en la boca, con cara de pilla y un gesto de chst… no digas nada. ¡Qué rico!

El sabor del café es mi madre, es mi padre (aquel día que le escuché gritar y pensé que le había dado algo y resulta que es que había puesto sal en vez de azúcar a su café solo, que se toma como un chupito), es mi abuela. El sabor del café no es que me despeje, o despierte. Pero el sabor del café es la mañana, el inicio del día, que quita el sabor a sueño. El café tiene también aroma, aroma a tostado, a hogar. Y aún por encima, para mí, el café sabe a infancia.  No tiene remedio.

Café

¿Cuánto cuesta un café en los lugares en los que he vivido? Parámetros de referencia: un café decente. No voy a tener en cuenta un café de “máquina de café de la facultad” ni tampoco un café en pleno Times Square o en cualquier zona turística. No usaré un café sólo, ni un café con licor y nata. Café con leche. Rico. Y convertido todo a Euros.

Tui:  1 

Desde luego, en Tui soy capaz de encontrar el café con leche perfecto. Cargado, con espuma, terso (que no parezca una sopa), que el sabor de la leche no desmerezca la buena calidad del café. Además, acompañado de una galleta, un trozo de bizcocho…

Creo que lo he repetido mil veces desde que he empezado este proyecto, pero la cafetería en Tui ofrece café en distintas modalidades. Mi especialidad es la de ir a primera hora o a media mañana con mi madre. Tomárnoslo siempre en la barra, a menudo de pie. Todavía nos quema un poco en los labios, y nos demoramos poco, pero salimos satisfechas y casi esbozando una sonrisa para continuar el día.

Pero las cafeterías en Tui también ofrecen el café con amigos, el que acompaña los cotilleos o el ponerse al día, ofrecen también el café de la partida y algunos incluso les ponen “unas gotitas” –a buen entendedor…-, ofrecen también el café del solitario y solitaria, con las páginas de prensa.

Las cafeterías en Tui siempre tienen bullicio. Ofrecen el ruido de la gente entrando y saliendo, saludando a aquel conocido, o metiéndose con el vecino. Ofrecen el ruido de las monedas que lanzan para invitarte aquel que hace días que no ves. Hoy me toca a mí, amigo. Y a horas bajas está la televisión, o la puerta abierta. Y si hay silencio, cualquiera busca la manera de romperlo, menudo tiempo que hace hoy eh? , has visto que han cerrado la ferretería de enfrente?

3

Beijing: 3.23 €

Uno de los lugares donde encontrar un buen café es muy muy difícil. Y además, extremadamente caro. Por lo que cuesta un café, en Beijing puedes comer un par de días.

En China uno paga ese precio por mucho más que el producto. No es el café, ni la leche. Ni siquiera el establecimiento, la mesa o la vajilla. Lo que paga uno en China es el fenómeno. El café no pertenece a la cultura China, y cuando alguien entra en una cafetería a tomarse un café está pagando por vivir una “experiencia”, un viaje a occidente, un palpar la Globalización y sentirse como “en una película”.

No es tan extraño, es un poco como ir a un restaurante de sushi en occidente. Y si tienen una sección donde se pueda comer en el suelo, de rodillas, tanto mejor, así parece que estamos en una serie de anime, no? Poco importa que se aleje bastante y cueste bastante más que la realidad asiática, pero nosotros estamos dispuestos a pagar por el viaje mental.

Barcelona: 1,50 €

O por lo menos era lo que costaba por aquel entonces, en algún lugar como Il café di Roma o en el buenas migas. El cortado que me tomaba cada día en la cafetería al lado de mi casa (delicioso, por cierto) era de 1,30…

No puedo hablar mucho de la cultura cafetera de Barcelona, ya que nunca he tenido demasiados recursos para explorarla. Era fiel a la cafetería de cerca de mi casa, y a la de la facultad, aunque el café era ridículamente asqueroso. Con Carmen iba muchas veces a la máquina de café y jugábamos a ser como los de cámara café. Con esto intento decir que creo que el café en Barcelona también puede ser una actividad social, un descanso, una pausa.

Pero también es cierto que Barcelona, ciudad estratégica,  ya amalgama muchas tendencias de otros lugares del mundo, y también tendencias que se remontan a otros tiempos de la historia. Esas cafeterías bohemias, donde aquellos intelectuales se inspiraban para sus retratos de mujeres cúbicas. Cafeterías del trabajador, donde el café lo acompaña un buen bocadillo de jamón y tomate, o de tortilla. Pero ahora también cafeterías “modernas” de esas con enchufes en cada mesa para que uno se lleve su portátil y juegue a ser diseñador indie de videojuegos.

Nueva York: 2,10 €

Aunque por supuesto el rango de precios en una ciudad como esta varía mucho. Alguna vez el café me ha llegado a costar 4€. Éste (2,10) es el precio de un establecimiento pequeño, dónde consigo que me hagan el café bastante decente consistentemente.

Las cafeterías en Nueva York son antisépticas. Silenciosas, incluso algunas cuelgan carteles de por favor, no molesten. Aquí el café te lo ponen para llevar por definición, si lo quieres en taza lo tienes que pedir expresamente. Eso si encuentras mesa, que lo dudo, porque todas están ocupadas con jóvenes con libros enciclopédicos y un surtido de subrayadores, business chicas y chicos respondiendo emails de empresa, por no hablar de profesores corrigiendo proyectos de alumnos y suspirando, o corredores de bolsa consultando los últimos eventos. Aquí puedes sentarte en una mesa ocupada, porque nadie te va a mirar, y no te atrevas a molestar.

El momento del café, aquí, es un momento más que no hay que perder. El tiempo es oro, o más bien dólares, y Nueva York te recibe con los brazos abiertos siempre y cuando estés dispuesto a vender el adjetivo “ocioso” al diablo.

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Portugal: 0,75 €

Claro, hablo de Valença do Minho, pero no tiene nada que envidiar a los cafés en grandes metrópolis, de hecho, por lo general, el café en Valença do Minho está mucho más rico que aquí…

Y qué podría decir de las cafeterías en Portugal. Las cafeterías en Portugal –bueno, sólo en Valença do Minho- tanto te sacan un café, como un pastel de belén, como un bacalao a la brasa. Son lugares de reunión, casi frecuentados por los vecinos de al otro lado del río. Uno puede encontrarse fácilmente con el cura de la parroquia de Tui con todos los feligreses  conversando sobre asuntos bastante alejados de la fe cristiana. Y eso sí, para allí va uno a tomarse el café, pero con calma y paciencia, ya que la velocidad y ligereza en el servicio no es un requisito. Al menos no viene incluido en la reducida tarifa.

 

portu_cafe

Y sin más, os dejo para ir a tomar un café.

 

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