Entrada temática

A menudo busco consuelo en el “ser crítica” para quejarme, de todos es sabido que la “quejumbre” es una de esas epidemias patológicas humanas de las que uno no se puede librar.

Con todo, he de admitir que hay cosas de esta vida norteamericana que me fascinan, desde la mismísima mirada antropológica -mi recién instaurada excusa para todo- y una de ellas es ese fanatismo por hacerlo todo “temático”. 

No sé qué adjetivo corresponde a ese tipo de personas como yo, que de vez en cuando (o de cuando en vez) deciden que hasta las toallas han de tener caracteres chinos y la habitación apesta a incienso pseudo- templo budista, después de empeñarse en tomar los cereales antes de ir a clase con palillos.

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Pasada la etapa adolescente de transición -o también la llamada fase orientalista de todos los que nos acabamos dedicando a esto, y luego nos avergonzamos (vergüenza ajena) y miramos por encima del hombro a aquellos que se tatúan “amor” en chino, después llegó la etapa adulta, y muchos recordarán que el día que quedamos para ver los Óscar nos vestimos de estrellas de cine, hicimos platos que respondían a nombres de películas, convertimos la casa de MPau en un verdadero teatro, y nos otorgamos premios justo antes de jugar a las películas para hacer tiempo. Es eso a lo que me refiero con el término quizá no del todo apropiado “temático”. 

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No es la primera vez que lo menciono en Billete de cercanías, que aquí lo temático es uno de los principios del consumismo que caracteriza el capitalismo aberrante en el que vivimos – y bien, del que soy víctima, como me he autodeclarado más arriba-. He mencionado Halloween y Acción de Gracias, quizá también navidad, festividades que aquí asignan colores y alimentos, y todas las marcas se aprovechan para sacar “ediciones limitadas”. 

Hace poco pasamos la Super Bowl, el evento deportivo más esperado del año, y las panaderías vendían pan con forma de pelota y los supermercados prepararon aperitivos apropiados para no mover el culo del sofá durante toda la retransmisión. San Valentín no iba a ser menos, desde luego, y hasta mi clase de Pilates giró en torno al evento ” Hoy chicas vamos a poner la figura a tono para esta noche romántica”, por mucho que cueste creérselo. Todo se convirtió en rojo y era imposible comprar un calabacín sin enfrentarte a un mostrador de chocolate y vino. El vino lo entiendo, pero ¿chocolate? ¿A quién se le ocurrió que ese debería ser el producto de “el día de los enamorados”? ¿Acaso tiene algún tipo de atractivo sexual una sonrisa después de comerse un Ferrero Roché?

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Es más, recuerdo perfectamente cómo una vez, volviendo de Madrid en coche con una amiga, mi padre nos ofreció un donut de “Dunkin Donuts” ( por aquel entonces Dunkin Donuts sólo existía en las “grandes ciudades” y siempre que viajábamos mi padre le compraba una caja a mi tío Toni, que le hacía mucha ilusión, ahora ya no, se los han quitado los médicos, por el colesterol, como el café por la tensión, aunque todavía le permite el turrón y los polvorones y los vermut del aperitivo). Yo elegí el de chocolate. El que es de “masa de chocolate”. Lorena me miró …. “tía, parece un truño”.

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Era verdad. Con esto sólo quiero decir que no sé por qué nos empeñamos en elegir un producto para tal día que no sólo tiene la capacidad de semejarse a los excrementos, sino que también genera estreñimiento y obliga a las mujeres inevitablemente influenciadas por los medios de comunicación a sufrir la lucha interna por “eso” de la imagen corporal. Si yo tuviese que elegir, preferiría una fruta tropical, sería como decir “quiero viajar contigo” o la miel “quiero envejecer a tu lado” por no hablar de la etimología de “meloso” con la que está relacionada. Incluso (y eso que soy alérgica) considero que los plátanos serían más apropiados, por razones obvias. 

Y al final, me he olvidado del propósito de esta entrada, y no es que importe demasiado, porque hoy es un día que he dedicado exclusivamente a la vagancia, y todas mis actividades giran en torno a evitar sobre cualquier cosa hacer algo productivo. 

En fin, que me gusta tanto que a lo mejor vuelvo, y me empeño en convertir mi habitación en alguno de mis rincones “favoritos” de Nueva York.

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