Se me extravió la intimidad

 

Son muchas las ventajas de la vida universitaria. Tantas, que en algunas de las conversaciones que he tenido con personas que se han dedicado a la vida académica de lleno lo utilizan como uno de los factores que más les influenciaron a la hora de tomar esta decisión: “Era la manera de intentar ser universitario toda la vida”.  Tener tus propios horarios, merodear por el campus a precios de estudiante, pasar domingos en pijama, que te paguen por leer y escribir, acceso ilimitado a todos los recursos de la biblioteca. La verdad suena tentador, una profesión que supone la perfecta excusa para hacer un gasto excesivo en papelerías y librerías. La puerta a ser de la elite, experto en algo. Que te citen. Que tu nombre salga a notas de pie de página. Que te pongan un título honorífico delante de tu nombre. Salir en las revistas, aunque no sea interview. Firmar autógrafos, aunque sea en los papeles administrativos de los estudiantes “de grado”.  Vino gratis y queso en los “seminarios”. Moverte en un ambiente “joven”. Que el aspecto físico no tenga que preocuparte, porque total, es tu cerebro con lo que te ganas el pan cada día, o las sobras del departamento, o el sándwich del deli de la esquina, que es lo mismo. Que nadie (de fuera) pueda criticar tu rendimiento, porque total, no saben “de qué va esto”. ¿Cuántas páginas has escrito? Ninguna, pero he tenido unas ideas brillantes. Que te dejen en paz, porque “tiene que trabajar” (pensar).

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Es el paraíso. A veces aún me hace reflexionar, con las consecuentes dudas. Sin embargo, en medio del idilio a veces me tropiezo con un bache que me recuerda esas pequeñas incomodidades (meras menudencias) que me hacen dudar.  Una de ellas es la falta de privacidad que tiene el estudiante universitario, tanto si es de primero como estudiante de posgrado, me da igual. Eres un personaje público. Uno de los principales motivos es que la mayoría compartimos piso. Y los doctorandos que conozco también, no os dejéis engañar, que la remuneración no da para un estudio individual en manhattan (en la mayoría de los casos). Bueno, es irremediable, y al final uno tiene que compartir con desconocidos partes de su intimidad. Por ejemplo, cuáles son sus horarios de ingesta y evacuación, por ejemplo. O la vida social, y visitas. Por no hablar de los gustos musicales. La sabiduría del doctorando abarca incluso el color de la ropa interior del vecino. Pero eso es un mal menor, supongo. Lo que de verdad me irrita es la incomodidad que siento al hacer pis. A todo el mundo le da un poco de vergüenza el ruido que hace contra el WC… ¿Por qué se tiene que enterar todo el mundo de que estoy haciendo pis? Bueno mujer…. Es normal, es parte de la convivencia.

Entonces, mientras escribía esta entrada en la biblioteca a la que he venido para que mis compañeras de piso no crean que soy una “chapona” y que tengo vida social (y salgo de casa) me entraron ganas de ir al baño. Todo el mundo conoce la arquitectura de un baño público: una zona común con espejos y lavamanos, y luego cubículos individuales. No sólo me ha tenido que escuchar haciendo pis una joven que estaba en la zona “común” sino también me ha escuchado su novio, con el que estaba teniendo una conversación por Skype en el Iphone.

 

 

 

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