El elogio de la queja

El ya más que masticado temita de la crisis ha sido la excusa perfecta para sacar a relucir todos los trapos sucios de nuestra sociedad. Muchos han aprovechado la oportunidad para señalar con el dedo todas nuestras culpas y defectos. Si bien es cierto que espero realmente que esto sirva para mejorar y ponernos sobre aviso, también os digo que no os creáis el discurso paternalista, que nadie nos ha criticado con las mejores de las intenciones, sino para ridiculizarnos. Dicho esto, agachemos la cabeza y asumamos nuestros errores. 

Una de las críticas que nos han lanzado, especialmente al sector “joven” de la población es que nos gusta mucho quejarnos, pero de una manera pasiva y poco constructiva, aunque visto el trato que han recibido generaciones pasadas que se han atrevido a manifestarse de manera activa, no me extraña lo de las quejas de puertas para dentro. La tecnología ( Internet con sus redes sociales) han contribuido lance una queja con un simple clic en cualquier dispositivo, y se vaya tan tranquilo a la cama, pensando que ha contribuido a la causa. ¡Ja! No me queda otra que dar la razón a las malas lenguas y decir que sí, que incluso yo entro dentro de esta categoría. 

Hay muchos tipos de quejas y lamentos, también hay que decirlo, desde el niño consentido a la señora quisquillosa. Y quejarse le gusta a todo el mundo, sin importar la edad, ¿o nunca han viajado en autocar al lado de un sexagenario? 

¡Qué malos ratos nos ha hecho pasar mi madre a mí y a mi padre! Ella reclama sus derechos de consumidora y nos ha sacado los colores en multitud de ocasiones “este café está frío” o ” he pedido un café con leche clarito, no tan fuerte”. Siempre con muchos modales. Cuándo a uno le muestran con un espejo la parte trasera del corte que le han hecho en la peluquería, siempre sonríe y dice que le gusta. Lo mismo cuándo el camarero retira los platos y cubiertos y le pregunta si está todo bien. Con mi madre no. Su sinceridad le obliga a mostrarse disconforme con lo que no le gusta, y pedir de buenas maneras lo que le corresponde. Mi padre es más de “si no me ha traído el cambio, será que ha subido el café” o “para la próxima voy a otro sitio” o “ya acabaré de hacerlo yo”. 

Yo siempre he sido más bien como mi padre y he acabado más extrema que mi madre. Ahora soy yo de la que se avergüenzan los acompañantes. La reina de las reclamaciones y las quejas. Aunque siempre con mucha educación y respeto a cualquier tipo de profesión. No soporto a los clientes que se dedican a montar escenas a personas que ni siquiera son responsables por el simple hecho de que consideran que su cargo es infinitamente superior. 

Recuerdo como empezó mi carrera profesional. Una oferta en una marca de gusanitos prometía pegatinas de Peter Pan. Compré mi paquete en el recreo, y el premio no estaba. Muy joven ya, caí en la cuenta del funcionamiento de la publicidad engañosa dirigida al público infantil (una larga experiencia en Reyes Magos que siempre traían lo que salía en la tele, pero nunca funcionaba igual). Escribí una carta a la empresa de veneno infantil mostrando mi desacuerdo con su campaña publicitaria, la cual ponía en letra muy pequeña, en el dorso del paquete que sólo algunos paquetes contenían la promoción. Bien, en recompensa recibí un lote enorme de pegatinas de Peter Pan que pude repartir con otras víctimas del engaño. 

Supongo que nadie me creería si digo que mi disposición a la queja responde a un impulso totalmente solidario con la intención de cambiar el mundo, nada lucrativo. Así fue como decidí escribir al encargado de la biblioteca municipal de mi pueblo, indicando mi descontento con la atención que había recibido por parte de la persona encargada de asistirme en la búsqueda de un artículo; sobretodo después de haber visto como la biblioteca rechazaba CV de personas bien preparadas y competentes necesitadas de empleo. Irónicamente, la vergüenza de mi crítica la recibió mi madre, a quien la víctima de mi queja atacó “vaya con tu hija, que me cayó un rapapolvo por un email que envió al jefe…”. 

Pero lo cierto es que a veces mis críticas responden a un interés meramente personal, a reclamar mis derechos ante un abuso, o simplemente porque muchas cosas no las recibes si no las pides. Orgullosa estoy de decir, que he recibido un bono de 200 dólares por AirFrance simplemente por molestarme en redactar una queja por una cancelación que me obligó a hacer una escala de 8 horas en vez de 2 horas. 

A veces quejarse no resulta tan gratificante. Sobretodo cuando las quejas pueden tener consecuencias, peligra nuestro puesto laboral, o cuando simplemente la queja cae en saco roto. 

Ayer tenía una reunión con mi director de tesis, algo que llevaba esperando con ansia para poder realizar las revisiones oportunas y validar el trabajo que realicé y por el que sacrifiqué mis vacaciones de primavera. Me presenté puntual, y esperé tres cuartos de hora para recibir una completa ausencia. Sin aviso previo, ni posterior. Sin respuesta a un mensaje preguntando qué había ocurrido. 

Ahora sólo me queda la esperanza de que, ante la posibilidad de un rechazo de mi tesis, o una nota insatisfactoria, pueda quejarme. Igual me dan algún punto extra. 

2 pensamientos en “El elogio de la queja

  1. Yo soy más bien como tu padre. No me quejo. Bueno, si es algo muy descarado sí. Una vez que Philippine Airlines me cambió un vuelo de las 10 de la noche a las 5 de la mañana conseguí que al menos me dieran hotel para dormir y no quedarme tirada en el aeropuerto…

    Qué poca vergüenza tu director de tesis.

  2. Mucho tengo q aprender de ti en este campo….. Un bloqueo central me entra cuando quiero reclamar algo..tendré q practicar mas en artevde la queja!

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