Sinestesia

Una de las tendencias de todas las clases de escritura creativa es la de asociar un sentimiento a un color, a un sabor incluso si quieres a una textura. Incluso hay una figura retórica, la sinestesia, que describe este fenómeno. 

Muchos sentimientos ya tienen sus colores y sabores asociados. Verde de envidia. Y ¿qué me decís de amargo? Despedidas amargas dicen. Así iba yo a titular esta entrada, despedida amarga a Columbia, es la que estoy teniendo. Pero espera. Que a mi me encanta el sabor amargo. El pomelo, el chocolate negro. Y lo que me está pasando no tiene ni el color rosa del pomelo ni el sabor placentero del chocolate negro. 

Todos aquellos que charlan conmigo con frecuencia, o tienen la cruz de seguirme en Facebook saben de sobra que mañana es el gran día. La fecha límite para entregar la Tesis y un documento escrito por tu director como que aprueba tu trabajo. Ambos documentos requisito esencial para graduarse.

Empecé el proyecto de tesis hace un año. Empecé haciendo estudio de campo en Beijing en junio del año pasado, y desde entonces me he estado reuniendo con un hombre que es un genio en la materia, exigente como el que más, pero que ha transformado un trabajo que tenía que ser de 30 paginas, en una tesis de 102 páginas de las que me siento bastante orgullosa. He sudado, he pasado noches en vela, he buscado y rebuscado, he torturado a amigos para sacarles información. Me he dedicado en cuerpo y alma a este proyecto durante el último año. Hasta mi perra ha trabajado en él. Casi me da un poco de rabia, al ver que algunos están ahora a menos de 12 horas del momento de entrega, escribiendo los últimos párrafos. Algunos saben de sobra que sus advisors van a pasar su tesis, aunque tenga faltas de ortografía. Sí, será Columbia, pero os sorprendería cómo funcionan algunas cosas. 

A mí, sin embargo, Columbia me despide y me deja un mal sabor de boca. Mi advisor ha desaparecido, y nadie me quiere decir qué ha pasado. El profesor no va a poder aprobar tu tesis, y lamentamos mucho lo que te ha pasado, que tengas que enfrentarte a todo esto. Un repentino cambio de director de tesis. Una lectura de mi trabajo apresurada. Te aseguramos que vas a licenciarte, nada de esto ha sido culpa tuya. Ya, ya lo sé. ¿Y qué? ¿Y todo el trabajo que he hecho? 

A mí esta despedida me sabe salada: del moqueo y las lágrimas de rabia contenida. ¿Un color? Rojo de morderme los labios que se me han quedado. 

Cansada. No quiero ni ir a ver los museos que faltan. Ni pasear por Central Park. Ni hacer maletas. Ni empaquetar los libros que quiero enviar. No quiero nada. Quiero volver atrás y dejarme llevar. Confiar en que todo va a salir bien. Quiero despertarme otro día, y reírnos juntos de lo que por aquel entonces nos parecían problemas. Despertarme mañana y reírme de la niña consentida que se quejaba de vicio, simplemente porque se creía que su esfuerzo merecía algo. Pero no merecía nada.

Al final se queda medio húmedo, como cuando pasas una bayeta, tarda algunos segundos en secarse por completo. Pero al final, se seca y reluce unos instantes, hasta que las migas de tu galleta disimulan el esfuerzo. El frotar se va a acabar. 

 

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