Colección de mudanzas

Ya tengo una colección bastante digna, en lo que a números se refiere. Cuentan que mi primera mudanza se produjo a mis 7 años, pero no la recuerdo como traumática. Nos mudamos de una calle de Tui (muy cerca del puente internacional) a otra (una donde estaba situada la mítica y ya difunta tienda de chuches “MEL” ), más céntrica. Se ve que para mí, con el cambio, todo fueron ventajas. Habitación renovada y un paseo más corto al cole. Después, a los 17, me fui a Barcelona y aquella fue sólo el comienzo de una larga lista de fatigosas mudanzas. Dentro de la provincia de Barcelona (tres), a California, a China, NY. Todas ellas implicaron una inversión (económica) considerable -transporte, cajas, envíos- y el dolor de desechar objetos a los que yo le había otorgado un incalculable valor sentimental  (” pero si esa bombilla fundida me ha hecho compañía durante todas esas largas noches de estudio, ¿cómo la voy a tirar? ¿y si me hace falta, qué? ¿y si es una especie de amuleto infiltrado?).

Ante el recuerdo de tales experiencias, la mudanza Tui-Vigo (a una distancia de 30km) debería sonar a pan comido, coser y cantar, un juego de niños, con  los ojos cerrados y mil expresiones más. Especialmente porque contaba con familia con coches, es decir, transporte a disposición, y la inagotable ayuda de familiares y amigos (y su fuerza física,maña y también paciencia) siempre dispuestos a cargar, montar muebles “únicos e inimitables de Ikea” (y cito aquí el fantástico guión de mi compañera de beca,) , y limpiar. Pues bien, creo que no miento si os digo que ha sido la mudanza que más tiempo me ha llevado. Tengo el piso desde el 2  o 3 de septiembre y el 21 fue la primera noche que pasé en casa. Y en el sofá, porque la cama aún no está preparada (el de mantenimiento viene mañana a intentar enderezar el sommier, que según el propietario, inquilinos salvajes han doblado).Creo que fue precisamente esa retahíla de cosas que supuestamente harían más fácil mi mudanza la que la entorpecieron. La cercanía, la constante ayuda, “ven hoy, esta casa todavía está desangelada”, el transporte siempre a disposición ” voy a Ikea, compro una estantería y luego me instalo”, ” ¡Ay!, me falta un flexo, lo compro y luego me instalo”, “Uy, aquí huele mucho a mueble nuevo, dejo ventilando y mañana me instalo…”. Pero ahora sí, aunque todavía no está al 100%, o lo que es lo mismo, no está lo suficiente decente como para crear un álbum en facebook titulado “mi nuevo hogar” y subirlo también por Instagram para que todos me den la enhorabuena mediante Likes, y sólo así sentirme a la altura de mis rivales, que muestran sus recién estrenados alojamientos en Chicago, San Francisco, Berlín, Taipei o Osaka.

Madre ayudando

Madre ayudando

La búsqueda tampoco fue una histórica hazaña. Mediante inmobiliarias (aquí el inquilino no asume ningún gasto si recurre a este método, a diferencia de lo que sucede en Barcelona o Nueva York), y los pocos apartamentos que vi estaban a distancias que se hacían fácilmente a pie. Tardé quizá una semana, total, para alquilar un pequeño estudio con terraza, amueblado, recién reformado, por el módico precio de lo que en Barcelona me costaría una habitación sin ventana en piso compartido, y lo que en Nueva York me costaría …. un trozo de cartón en el habitáculo de los cajeros de un banco.

No puedo decir que la instalación haya transcurrido sin incidencias, ya que de éstas, hubo en abundancia. El apartamento (entregado en “condiciones inmejorables y limpiado por una excelente empresa especialista en el asunto”, según la inmobiliaria) me lo encontré especialmente cochambroso -por no decir algo malsonante- , aunque sólo cuando, con mirada atenta, decidí mirar debajo de la cama, donde encontré un tanga violeta de una especie de encaje (transparencia wanna-be de la feria), un calcetín de rayas blancas y dos tonos de azules con un pingüino, un envoltorio (abierto) de un preservativo, una bolsa de papel con un dulce podrido y disecado de la pastelería de enfrente de mi casa , granos de arroz, una revista femenina de belleza y córpore sano, y alguna otra pequeña minudencia que acabó en el contenedor. Obviamente muchas de las cosas no funcionan: la cama desplegable esta doblada, se ve que una tubería filtra agua que acaba en un aula del centro de Pilates de debajo de mi apartamento, el mando de la tele no va (algo que a mí ni me va ni me viene, pero tiene a mi padre inmensamente preocupado), la tapa del congelador no cierra, por no hablar de lo mejor de todo, el corte (como llaman a directamente eliminar de cuajo el contador) repentino del agua (“es que el antiguo inquilino no pagó”, dice el propietario) que tardaron en solventar algunos días (motivo más que razonable para retrasar el abandono del domicilio familiar -la casa de mis padres-)

Todas estos desperfectos han sido la excusa perfecta para que por mi recién estrenado hogar hayan desfilado hombres de lo más variopintos: dos técnicos de telefónica, dos fontaneros (el mandón y su vasallo), un propietario, un “chico de mantenimiento” y un “ayudante de chico de mantenimiento”, un “técnico de agua”, todos con distinto grado de atractivo. El aprendiz de fontanero y el chico del contador del agua fueron mis favoritos.

unhogarparalaterraza

La amenaza de que me vea enfrascada en un conflicto legal tampoco queda del todo descartada: he puesto el contrato a un nombre que no era mío (yo no cumplía los requisitos), no me han dejado del todo claro la permisividad de las mascotas (aunque el propietario hoy no se ha inmutado al ver una caseta de 1 metro cuadrado en medio de la terraza)… Es quizá este punto el que más ha adornado y hecho de esta particular mudanza algo memorable: instalarme con mi perra en Vigo. Evidentemente, ella ha estado presente en todo el proceso, desde la decisión de elegir un estudio (para nosotras dos, sin compañer@s con potenciales alergias al vello canino) a la situación geográfica (cerca del parque) y con prestaciones específicas ( con terraza cubierta sin peligro de desplome ). Aunque la cosa no me ha salido por módico precio, de eso nada, ya que he invertido en una caseta de madera tratada “para las inclemencias del tiempo” -cito textualmente de la página web zooplus-, una cama nueva, y su personal menaje, para que siga con sus cosas en casa de mis padres, si va de visita.

camadedentro

Con todo, parece que la cosa va tomando forma. Ya he empezado a trabajar, y mañana empiezo de nuevo en la universidad. Lo extraño todo, a veces me dan ganas de cambiar mi billete de regreso por un multidestino de esos, pero otras veces me digo que ahora es lo que toca, y también lo que más me apetece, una parada en el camino, en tierra conocida.

 

 

 

3 pensamientos en “Colección de mudanzas

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