momentos íntimos

Cuándo estoy sola un día como hoy, con una bolsa de agua caliente sobre los pies, el ordenador en el regazo y una taza humeante a mi lado, me atrevo a dar sorbos sonoros a mi té moruno, como si con el ruido fuese a protegerme de quemarme la lengua o los labios, pintados de rojo para sentirme más acompañada. Me creo en pleno derecho porque me encuentro en completa intimidad, y puedo hacer los ruidos que me plazcan: sorber la sopa o estornudar bien a gusto. Lo que pasa es que cuando devuelvo la taza a la mesa me percato de que puedo escuchar el viento. El ascensor cuando baja el del quinto, y pulsa el interruptor de la luz. Escucho la cisterna de la señora de arriba, y la puerta del armario del que probablemente haya sacado el rollo de papel higiénico que le tocaba reponer. Escucho a la pareja que vive al otro lado de la pared, cuyas conversaciones se vuelven nítidas, perfectamente comprensibles, hasta creo poder escuchar la ironía en alguna carcajada. Vuelvo a dar un sorbo a la taza, que ya no quema tanto, así que ha sido completamente innecesario. Y me sonrojo.

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