Conversaciones con mi radiador

Empieza a hacer frío. Eso, o es que se me están suavizando las cicatrices del invierno de Nueva York. Según el propietario del piso que he alquilado, tengo “tarifa nocturna”; eso se traduce a que el acumulador de calor que tengo no funciona hasta las 22h. Por eso, cuándo se empieza a hacer de noche, salgo de casa. Aprovecho para ir a comprar un trozo de queso o un par de manzanas. Me mantengo en movimiento y casi no me entero del frío. Suele ocurrir que a esas horas aún no he leído la prensa, entonces, me siento en alguna cafetería, pido algo sin teína / sin cafeína pero caliente y echo un vistazo a un periódico ya manoseado y arrugado, con manchas de la manzanilla de las aceitunas o migas de patatas fritas de bolsa que le han puesto al lector para acompañar su cerveza. Si no estoy de humor  –a veces no me apetece ni leer sobre los pequeños nicolases ni sobre el atraco a la panadería vecina–, saco mi libro. Lo que pasa es que estamos en fiestas, y cuando paso la primera página ya noto la mirada inquisidora de la camarera, atareada por la labor de juntar todas las mesas posibles para que se sienten los colegas de oficina que han decidido tomar algo para despedir el año. Fíjate, a alguna y a alguno se les han quedado pegotes de purpurina de los ensayos de atuendo de fin de año, pero insisten en que estas fiestas a ellos, no les dicen nada, no son más que compromisos familiares a los que es una verdadera lata acudir. Así que les hago un favor, pago y me levanto, y por eso llego a casa antes de hora. Me percato de mi nueva vida de ausentes compañeros de piso. Quiero alegrarme y casi me da pena. Busco una ópera y miro por la ventana, como si entendiera algo de óperas. Me ha dado por ahí, no sé por qué, podría haber elegido un concierto de sinfónica. Debe de ser que he leído algo en el capítulo que me ha dado tiempo a leer antes de sentirme presionada por marcharme hace un momento de la cafetería. No hay paisajes nocturnos, ni skylines, ni se ve gente caminando apresurada con paraguas. Sólo sé que hay un par de pinzas nuevas tiradas sobre mi terraza. Ya tengo una buena colección, a los vecinos de arriba se le caen aproximadamente media docena al mes, a ver si se plantean una solución en el 2015. Ahora resulta que lo de los propósitos de año nuevo ya está pasado de moda, que es viejuno, porque los psicólogos advierten que nunca los cumplimos y sólo contribuyen a generar ciudadanos frustrados. Puede ser, la crisis (la humana, no la económica) también es culpa de los propósitos de turno. Ahora, lo que se lleva son los challenges. A mí que me perdonen, pero el reciclaje lingüístico está haciendo mucho daño. Challenges, retos o propósitos, yo que siempre he sido muy antisistema, voy a hacer los míos. No soy capaz de articularlos demasiado bien, con la soprano de fondo. Quizá no he elegido la ópera adecuada. En todo caso, que me gusta llevar la contraria, y quiero poder hacer “tic” sobre la firme decisión de escribir más, leer más, hacer ejercicio. Aprender a delegar y relegar y no volver a confundir ambos verbos. Dejarme querer. Cumplir todas mis promesas. Cuidar a los que de verdad merecen la pena. Practicar más el sentido del humor, y menos el sarcasmo y la retranca, o no, cultivarlos también. Ilustrar. No olvidar lo que me gusta. No dejar que me desintereses. Hacer investigación en la intimidad. Despedir lo amargo. Deshacerme de esa montaña acumulada debajo de la cama. Recoger el desorden. Escribirte una carta.

Y quizás, debería escuchar más ópera.

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