Canas

Hay personas que se levantan un día, se miran al espejo y notan de pronto el paso del tiempo. «Pero si antes me emborrachaba todos los fines de semana, y ¡no se notaba!»«¿Cuándo he dejado de estar guapa con “la cara lavada”?». Bien, cuándo yo decido darme un repaso en el espejo veo más o menos lo mismo que hace una década. Algunas imperfecciones mal disimuladas, cómo encontrar el equilibrio entre vulgar y mojigata, ese grano que te avisa de la proximidad del tormento. No es el espejo el que me provoca una necesidad imperiosa de reflexionar sobre las nieves del tiempo o lo efímero de la juventud. Son mis miedos. Como lo oyen. A veces me percato de lo mucho que ha cambiado la naturaleza de mis miedos, y de ahí la entrada al peligroso círculo de pensamiento negativo.  Y ya de paso, dejen que mencione el malestar que me producen esas ridículas frases inspiradoras que inundan las redes sociales:desde el tradicional lema «quiérete por como eres » al más contemporáneo «olvídate de tu smartphone en el bolsillo de tu otra chaqueta y disfruta de tu entorno mientras corres escaleras arriba a recuperarlo» pasando por el ya memizado «mantén la calma y paga tus facturas». Y aquí es precisamente a dónde quería llegar. Cuando era niña me daba muchísimo miedo que mis padres un día se sacasen las máscaras de humanos y descubriesen su verdadera figura de aliens/zorros/villanos (el miedo evolucionaba en función al libro que estuviese leyendo), que hubiese serpientes a los pies de la cama, que mis juguetes viviesen mientras dormía y yo me lo perdiese. Ya de adolescente mis miedos giraban en torno a perder a ese chico o a alguna de mis amigas, o a encontrarme a mis padres un sábado por la noche en alguno de aquellos locales donde poníamos a prueba la extensa carta de chupitos. Mis miedos maduraron en la universidad cuando empezaron a estar relacionados con el futuro y apareció Don miedo al fracaso. Cómo ha pasado el tiempo, pienso ahora, cuando observo mis miedos: el sobre de fenosa que contiene la factura de la luz, el email con la nómina del mes (varía en función a las horas de trabajo) la pantalla del cajero que se empeña en mostrarte el saldo cuando vas a sacar unos míseros euros.

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