Cultunazis

¿Alguna vez te ha pasado que te encuentras, de repente, haciendo eso que siempre criticas? Que te ha pasado, seguro, porque es algo más que habitual. Ahora bien, lo normal es no darse cuenta. Y si es así, qué suerte, porque la sensación de autoodio no se la recomiendo a nadie. De eso los gallegos sabemos mucho, también.

Recuerdo a aquella amiga mía indignada porque “Mariví” fumaba por puro postureo, que ni siquiera tragaba el humo. Por supuesto, esto lo comentaba con un cigarro en la mano, que dejaba consumirse entre sus largos dedos y largos monólogos. Me pregunto si aún “fuma”.

Volviendo a lo que trataba de decir, el caso es que yo me veo haciendo cosas que no soporto en los demás constantemente. Y me doy cuenta. Ayer mismo, creo, cuando cerró la biblioteca, a las 20.30, no se me ocurría qué hacer hasta que fuese hora de cenar. No quería meterme en casa porque había cocinado coliflor al mediodía, aún por encima, con una salsa de vinagre y ajo muy de aquí (ajada se llama) y, la verdad, no estaba preparada para meterme en mi miniestudio en tales condiciones. Así que fui a una de esas librerías comerciales, la única que estaba abierta en esta pseudociudad, pero no para comprar (nota a una amiga bloguera librera independiente que me mataría), sino que fui para leer allí y hacer tiempo, una de esas costumbres norteamericanas de las que debería deshacerme en la Galicia rural si no quiero pasar más bochornos. Cómo lo de pedirte los restos en el restaurante “para llevar”. Pero, la novela gráfica está carísima, y se lee rápido, así que, pensé, por qué no. Entré y me llevé Sculptor a una esquina de la sección de poesía, donde sé que a penas pasa nadie y nadie se percataría de mi presencia para mirarme de manera inquisidora.

Me equivoqué. Poco después, aparecieron unas 6 adolescentes y me rodearon. “Bullying,” pensé. Llevaban pantalones ceñidos, tops de “te enseño el ombligo” y mascaban chicle de manera sonora. La historia se repite, como aquella vez, con 14 años, cuando mi mejor amiga y yo entramos en una discoteca (¡no nos pidieron identificación!) y en el baño nos encontramos con unas compañeras de clase que se rieron/burlaron/¡mofaron! de nosotras por leer a Harry Potter. No, no estábamos leyendo Harry Potter en la discoteca, se reían porque nos gustaba leer Harry Potter en nuestro tiempo de ocio y luego lo comentábamos en el recreo. Por suerte, aquello fue un bullying verbal del que salimos bien airosas porque tanto mi amiga como yo nos sentíamos muy dignas y muy orgullosas (nota al pie: íbamos de cultunazis), y total, que aquella discoteca tampoco era para tanto.

Volviendo a la Adriana presente, me temía que las niñas se metiesen conmigo por estar leyendo en una librería. Algo de lo que, esta vez, sí me avergonzaba. Tengo 27 años, ciertamente algún que otro título académico, pero soy tan pobre que me meto en la única librería abierta a leer sin pagar porque prefiero ahorrarme el 1,20 de tomarme un corto de clara en un bar mientras leo la prensa. Si no, me iba a tocar repetir coliflor al día siguiente.

Para mi sorpresa, las cuatro niñas empezaron a manosear toda obra de poesía que se encontraban. Al principio creí que se habían equivocado. YA está al lado de Novela Gráfica, de donde huí. “Tía, es que me lo quiero comprar todo,” una de ellas incluso ya llevaba una bolsa con varias adquisiciones. “Me pasaría horas en esta sección,” decía otra. “Viviría aquí”, le respondía su amiga. “Mira, tía, «Follamantes», me encanta”.

No os penséis que la cosa quedó ahí. No tardaron mucho en entrar en una discusión acalorada. “A mí, es que la poesía contemporánea no me gusta.” “Ya, tía, es que no sé, no tiene metáforas, no se deja interpretar.” “Sí, los autores de hoy van mucho de ese rollo, pero  a mí me mola, es como la vida real, sin cursilerías” “Yo prefiero que sugiera, no que te lo diga todo así, sin tapujos, sin lugar a interpretación.” Algunas se pusieron a recitar, una a la otra. “Buf, es que lee cualquier poema, ¡cualquiera! ¡al azar! te dejará impactadísima.” “Lo que acabas de leer la deja a una hecha polvo. ” “Mira, mira, es el de «mi chica revolucionaria.»” Yo hacía tiempo que me sentía incómoda, pero no me podía ir, con mi cómic, a otra parte. ¿Os imagináis? La “vieja” se va a leer a otra parte su cómic (¡un “cómic”!), porque las “niñatas” la molestan con sus conversaciones sobre poesía contemporánea (nota al pie: ¿ahora serían ellas las cultunazis?).

No, no eran las niñas las que me molestaban (aunque ciertamente he de decir que dijeron una sarta de bobadas que me hicieron sentir vergüenza ajena en alguna ocasión). Era yo misma. No sabía qué opinión formarme al respecto, y ya sabéis que a mí me encanta tener opinión sobre todo (como si me negara a admitir que bien podían ser un retrato de mi amiga y yo en el baño de aquel antro hace más de 10 años). Es una de esas cosas tan repelentes de mi persona. Me empeño tanto en no mostrarme indiferente hacia nada que acabo pecando de hacer algo totalmente opuesto pero igual de irritante. Pero, aún ahora, 24h más tarde, no sé qué opino al respecto. Y además, que quién soy yo para emitir juicios de valor hacia nadie o nada. Yo no voy de cultunazi.

Eso me lleva al título. No me extrañaría que cerrasen mi blog de un momento a otro, después de las barbaridades que estoy a punto de decir. Pero mira, cosas peores ha dicho la Esteban y ahí está. Vive bastante más cómodamente que yo. Y, desde luego, tiene bastante más difusión e impacto social que yo, que tiendo a despreciarla en un tono cultunazi, con más frecuencia de la que me gustaría. Hasta diría que la respetan y valoran mucho más por su trabajo que a mí, eso no es difícil, lo reconozco, porque en el ámbito profesional soy un cero a la izquierda. En fin, todos sabéis a que me refiero con el concepto “cultunazi” ¿no? A ese tipo de personas que se creen culturalmente superiores y miran por encima del hombro a los demás. Parten, equivocadamente, de que el acceso a la cultura es libre, y quien no es culturalmente rico es por decisión propia y merece ser despreciado. Estoy bastante lejos de tener una cultura lo suficientemente elevada como para poder permitirme ser una Cultunazi, algo que no deseo, obviamente, y que creo que está muy, pero que muy feo. Ahora sí, todo el mundo sabe, también, que vivo en constante admiración del cultunazi y me tiene embobada cual líder sectario.

En todas las etapas de mi vida me he arrimado mucho a los culturalmente superiores, a ver si se me contagiaba. Una vez encontré una notita que le escribí a mi compañera de juegos ( mi amiga con la que compartía mi afición por Harry Potter) y le pedí prácticamente que me adoptase en su familia de bohemios y que me convirtieran en uno de ellos. Sí, también fundé un club de bohemios. En el que creo que ni siquiera merecía estar.

Había quedado con unas amigas ya hace un par de semanas. De regreso a casa, veníamos hablando de un profesor del MA al que idolatro, y eso que es de filología francesa, me consta. Nada que ver con mi terreno. “Es que tengo la sensación de que mira a todo el mundo por encima del hombro, como si todo lo que tenemos que aportar o decir fuese inferior e indigno de ser mencionado en su presencia.” Comentaba una compañera. “Me da cosa hasta hablarle, por miedo a que suelte esa mirada de las suyas de «lo que acabas de decir es ridículo o estúpido»”. Ellas comentaban y yo me detenía, avergonzada, a ver el reflejo de mis propios pensamientos: es mi profesor favorito. Quiero ser como él.

2 pensamientos en “Cultunazis

  1. Querida: todas las dictaduras tienen sus atractivos. Y todos los repelentes culturares también. Confieso que a mí también me gustan, porque compartimos gustos literarios y musicales. Pero quizá ese profesor no sepa freírse un huevo, o hacerse el nudo de la corbata. ¿Y entonces qué? Va, confieso más allá: hay muchas cosas que culturalmente desprecio, pero me lo reservo para cierto círculo. Aquí me parece que podría ser el lugar adecuado para decir que no aguanto a Luna de Miguel ni a todos los nuevos poetas que escriben cacota. Y encima uso ese tipo de términos. Lo mismo que los bestsellers. Y cierta literatura fantástica. Y ciertos libros de ensayo, y sobre todo, me encantaría coger How to Be Parisian y tirarlo en el primer contenedor de reciclaje que pille, seguido de It, seguido de Girl Online y toda la serie After. Ardería en el averno, pero como me recordaron una vez: si eres atea, no habrá infierno para ti. Por alusiones, añado: tú manosea en librería de cadena todo lo que quieras. Lamento que estés tan lejos de Balmes 129 bis. ¡Un beso! Y de ti, siempre, una buena opinión, por favor.

  2. ¿y qué me dices de haberme leído todo y solo quedarme pensando en que yo también quiero que me vuelvan a poner la comida para llevar? ¿será que no me gusta la poesía? pero sí la novela gráfica y harry potter, ¿me haces un sitio en el rincón? x)

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