Enfadarse para poder reconciliarse

linda

El uno de junio me instalé en Barcelona. Bueno, instalarse es un decir, porque el uno de junio me quedé a dormir en casa de una amiga que me ofreció una habitación de forma provisional, y allí me quedé 11 o 12 días.

Desde entonces han pasado tantas cosas que si alguien tratase de convencerme de que llevo viviendo aquí un año, no me costaría mucho hacerme a la idea. Sólo sospecharía de por qué demonios no recuerdo haber vivido las cuatro estaciones. Aunque firmaba por un verano así de caluroso y bochornoso eternamente. Con excesivo calor, de ese que tumbado en horizontal empapa las sábanas y notas gotas de sudor brotando de lugares de tu piel insospechados y resbalando, grandes y consistentes, por, por ejemplo, el antebrazo o la pantorrilla. Sudar a borbotones por el tobillo ha sido una de esas nuevas experiencias.

En todo caso, mi madre, que todavía me llama a diario, siempre me dice que lo ponga por escrito. Pero ¡qué difícil es escribir no-ficción! , especialmente cuando no se trata de una bitácora de viajes idílica como el billete de cercanías que pasó por NY.

Pero tiene un poco de razón. Ya he acumulado un poco de distancia física y emocional de las vivencias de esas primeras semanas, y quizá pueda hasta compartir algunas cosas con toques de humor. Así que quizá recupero el billete de cercanías. O de rodalies, que es en el que me subo cada día para ir al trabajo, el cuarto ya desde que llegué por cierto.

rodalies

Principalmente, como plataforma para seguir ensayando con la ficción, pero con la posibilidad de ofrecer fragmentos edulcorados, censurados y adaptados a todos los públicos de Mad Diary. Nunca me he dignado a ser del todo transparente porque lo que digo y escribo ha llegado a ser nocivo en más de alguna ocasión.

Dejé Barcelona hace un tiempo de muy malas formas. Fue una ruptura lacrimógena y de esas que acaban con un portazo. Y no de esos que titubeas y te quedas esperando al otro lado de la puerta. No, más bien de esos que en lo que tardas en asomarte a la ventana ya ha cruzado un par de calles y va por la larga avenida.

Por suerte no me quedé llorando lamentando su pérdida durante mucho tiempo. NuevaYork vino como anillo al dedo,  fue el perfecto Re-bound Boy. Y qué romance: dos años muy dulces que impregnan todavía cada cosa que hago. Pero no podía durar. NY no es de comprometerse, tiene mucho amor que dar y a muchas personas. Esta vez la ruptura fue mucho más amable. De esas que acaban con un abrazo interminable (ole el oxímoron) y un beso apasionado en el aeropuerto. De esas que miras atrás dos o tres veces tras pasar el detector de metales. No descarto encuentros puntuales en el futuro.

He venido a reconciliarme con Barcelona y casi lo consigo. De momento hemos recuperado la amistad, entre otras muchas amistades que he retomado y algunas nuevas que he empezado.

Ahora bien, qué va a pasar, no lo sé. Algunos días pienso que quiero firmar un “parasiempre” y otros que sólo quiero atarme a mi maleta del TJMax y instalarme en cualquier lugar recóndito de Asia y empezar de cero. Hay días que quiero estabilidad y hay días que me aburre hasta respirar. Por lo pronto me voy a quedar para acabarnos de perdonar, o eso es lo que pienso cuando paseo por el carrer Jerusalem, el barrio de Sagrada Familia,  por el único con el que aún me dan palpitaciones, el de Gracia.

3 pensamientos en “Enfadarse para poder reconciliarse

  1. Yo muy egoístamente me alegro mucho de que estés aquí😉 Así que no tengas prisa en marchar… Ni que sea marcarse unas cuatro estaciones, ¿no? Por cierto, ¿no te habías convertido en una ravalera de pro? Lo de Gracia quizá sean las fiestas… ¡Un besazo!

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