Septiembre

“Cariño” (o “cielo”), me dice mi madre cuando contesto al teléfono. Tienen que ser pasadas las 20:00 o 20:30, porque antes estoy tan saturada de discutir por teléfono durante 8 horas en el trabajo que prefiero no hablar. Incluso cuando quedo con alguien, entre sorbo y sorbo de la ampliamente disponible Estrella Galicia en Barcelona, predominan largos silencios.

“Me encantaría compartir contigo estos momentos en los que salgo a andar (el “deporte” por excelencia entre las mujeres de mediana edad en Tui). El paisaje es espectacular. Es una lástima que no sepa sacar fotos con el teléfono. Me encanta septiembre. Es mi mes favorito. Cada año un poco más”. Yo, a más de 1000 km de distancia entorno los ojos. Odio septiembre. Lo detesto. Y este año creo que más.

“¿Cómo es posible?” me pregunta ella, con esa voz tan transparente, incapaz de disimular cualquier pequeña decepción. ” Las temperaturas se hacen agradables, los atardeceres más bonitos. Es el mes de cosechas, de las viñas, de la vendimia. Todo vuelve a la normalidad, todo empieza a funcionar, los establecimientos reabren. Los olores, la vuelta al cole … ” Vale, vale, te estás pasando, a ver si va a acabar por empalagar. Yo, con el auricular apoyado en el hombro, así mientras puedo no sé, estirar la colcha sobre la cama y fingir que he dejado la habitación recogida antes de salir de casa a las 6.32am, me aguanto el suspiro. Pero, es que, sin querer, ha dado en el clavo.

Se acabó el verano, ese bochorno que te emborracha de sudor y a penas te deja dormir por las noches. Se acabaron esas temperaturas que invitan al desasosiego porque ya no sabes si la tercera ducha del día te va a ayudar o lo va a hacer peor. Todo el mundo regresa de las vacaciones, algunos presumiendo de ese síndrome acuñado por alguna revista de calidad cuestionable. Y tú, que ni siquiera te quejas de no haber pisado el continente asiático este año, porque en el fondo te pasas bastantes horas al día en él, los recibes con alguna sonrisa fingida, no por envidia, sino porque todavía no los conoces.

Pasa la primera semana de septiembre, y las papelerías se visten de gala. Colección de estuche carpeta y mochila, a juego. Reserva tus libros de texto aquí, te prometen un 20% de descuento. Zapatos nuevos y pantys de transición antes de los leotardos azul marino. Melocotones de Calanda de postre, la última fruta del verano.

iMail no deja de recordármelo. La cuenta .edu que me han prometido como vitalicia me invita a matricularme en los cursos más atractivos que jamás he visto. Antropología del día a día. Los blogs que sigo con asiduidad me regalan listas de libros repletos de ideas para apoyar tu investigación en el mundo académico. La Pompeu me recuerda que, tras haber sido admitida para mi doctorado hace meses “a carón” de una de las personas que más respeto en mi ámbito (¿aún puedo decir mi?), puedo pasar a matricularme.

Parece una broma de mal gusto. Pero lo cierto es que es un septiembre típico de primero. Con los nervios de todo lo nuevo que te espera. Nuevos compañeros de clase, nuevas aulas, nuevos profes. Es mi primer septiembre desvinculada de una institución académica. Como tal, me espero las novatadas de rigor. Al más cruel estilo americano. No puedo evitar sentir miedo. O quizá es miedo y ansiedad lo que yo quiero sentir, algo que estoy más acostumbrada, y se presentan más soportables que la nostalgia, añoranza y, sobre todo, arrepentimiento.

La presentación de la nueva temporada y esas nuevas tendencias que te obligan a disfrazar tu armario con colores ocres y tostados. Texturas de abrigo pero sin mangas. El desorden deja de estar justificado: adiós cervezas entre semana y desenfreno por todo lo alto el fin de semana. Se van los amigos de la aldea, se acabaron los helados en la piscina. Descubrir entonces las manchas del sol del verano. Despedir a tu ligue estival,que ni siquiera sabes si regresará el junio que viene. Hacer balance y lamentarte de esos libros que quedaron por leer y películas por ver.

Llega septiembre y vuelta a la realidad. Pero descubrir que no puedes volver a una realidad de la que no te has escapado.

3 pensamientos en “Septiembre

  1. A mí me encantaba septiembre. Sobre todo cuando podía tomarme vacaciones y usar chaqueta en cualquier destino que escogiera. Me hacía gracia marcharme cuando los demás tenían que volver. Pero eso ha cambiado mucho, y ahora me quiero unir a tu club del arrepentimiento. ¿Quedan plazas? ¡Un beso!

  2. Yo tampoco he tenido vacaciones, y este verano ha llovido tanto y ha hecho tan poco calor que ni siquiera he ido a la piscina. No se si quejarme (odio el calor) o pensar que que suerte he tenido!

    Pero septiembre si me gusta, porque es el mes de mi cumple. Y de pequenya me gustaba empezar el cole.

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