deshaciendo el amor

yo pensaba que era la única a la que le pasaba: pasarse el portal de largo y, al darse cuenta, dar la vuelta disimulando, pararse en un escaparate y hacer un gesto de “no hay lo que busco, así que vuelvo a casa”. Que era la única que cada domingo se hace propuestas y toma una decisión de la cual no vuelve a acordarse los días que pone el despertador. Que sólo yo soy la víctima de la publicidad engañosa, la única que creía que dejarse utilizar tendría su recompensa. Convencida de esa imagen con 30 años que me configuré de niña. Al final era todo una -bastante lamentable, por cierto- estrategia de marketing. Que las muestras en sobres monodosis que te regalan en la semana fantástica o el black friday no tienen los mismos componentes que los del bote familiar. Que el bote familiar es igual al de la marca blanca, pero más caro, con un packaging más atractivo, con la tipografía de mi título de esa universidad envidiada en las series de televisión norteamericanas, esa oferta caducada de una cuenta bancaria despreocupada por el exceso de algún que otro fin de semana necesario para la efervescencia intelectual de los días laborables. Yo me creía la única que mentía, que escondía tus partes feas creyendo que así nadie ni yo las veía. me avergonzaba de buscar en google las respuestas que no me atrevo a preguntar. La única que no se creía que las vitaminas del zumo se escapan. que sólo a mí no me favorece el color mostaza, que vive en constante arrepentimiento disfrazado de orgullo propio y dignidad rebelde y alternativa. Pensaba que era la única a la que le daba pereza hacer las maletas, y el control en el aeropuerto, pero que aborrece cada lugar en el que pasa más de unas horas, las que se tardan en topar el primer obstáculo. La que decía que viaja, pero que en verdad escapa. La que dice sentirlo todo, pero cuando toca, no siente nada. La que tiene que leer el mismo párrafo tres veces, y aún así no se entera. La única a la que le chifla la estética de las luces de neón y que le da pereza hacer ese esfuerzo, el de desempañar el espejo del baño. Que yo también escribo puntos suspensivos. Que yo tampoco reconozco a las personas que van dentro del coche que se para en el paso de peatones. Que también tengo una mota en la pantalla que confundo con un punto o una coma, que tampoco he sacado de todo el resto del esmalte de uñas de los pies antes de volverlas a pintar. Y mañana volveré a dejarme la cama sin hacer.

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